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Abelardo De La Espriella ha sido abierto en declarar su admiración por Nayib Bukele. Las similitudes entre ambos son obvias: su imagen de hombre fuerte y eficiente, la barba bien cuidada, el culto a la persona, el show mediático y la concepción de sí mismos como salvadores de la patria.
Además de la admiración, De la Espriella quiere tomar como modelo ciertas políticas de Bukele. Por ejemplo, ha dicho que creará siete megacárceles como las de El Salvador y que las entregará a empresarios privados para administrarlas.
Aunque ninguna de las cárceles salvadoreñas está en manos privadas, esta declaración revela una similitud profunda y preocupante entre De la Espriella y Bukele: la visión de un Estado que debe achicarse, para dejar reinar al mercado con poca regulación. Una visión profundamente pro-mercado: en la que el capital privado es la solución a nuestros problemas, y por eso le apuestan a los megaproyectos extractivos, a la inversión extranjera y a los beneficios tributarios para generar crecimiento.
Pero existe evidencia de que estas apuestas no funcionan. Miremos el caso mismo de El Salvador, que lleva cinco años seguidos siendo la economía que menos crece en Centroamérica, y donde la inversión extranjera directa ha sido un 25 % menor desde que Bukele es presidente.
Bukele no ha generado crecimiento económico, pero sí shows económicos.
Su gobierno gastó al menos 329 millones de dólares para convertir el bitcoin en una moneda local. Después de 4 años, y de tremenda inversión, el proyecto no sirvió y le tocó echarlo para atrás.
La promesa del Bitcoin también abarcaba la construcción de una ciudad con total exención de impuestos, Bitcoin City. Bukele hizo esta promesa en 2021, pero a la fecha, no hay ningún avance de la ciudad, más allá del desplazamiento de campesinos y pescadores de la zona, a quienes echaron, para avanzar en la propuesta del aeropuerto de la ciudad, que tampoco está construido.
El patrón de megaproyectos que afectan a poblaciones pobres se ha repetido en todo El Salvador. La mega-prisión Cecot, el referente de De la Espriella y de la derecha mundial, contamina con sus desperdicios las fuentes de agua de sus vecinos en el municipio de Tecoluca, un problema sustancial en un país donde uno de cada cinco hogares no tiene servicio de agua potable.
Algo similar a esto puede pasar con la visión de megaproyectos mineros que De la Espriella defiende, incluyendo el fracking, y para los cuales quiere flexibilizar las regulaciones ambientales y sociales.
Otra similitud entre Bukele y De la Espriella es su promesa de reducir el tamaño del Estado. De la Espriella propone reducirlo en un 25 %, y además prometió renunciar a su salario y formar equipo con personas que “tampoco necesiten su salario”.
Bukele declaró lo mismo en 2021, que no cobraba su salario. Lo curioso es que, aunque no cobra salario, su patrimonio ha crecido en un 80 % desde que asumió el gobierno, pasando de 2,5 millones de dólares a 4,5 millones. Investigaciones periodísticas confirmaron también que funcionarios de Bukele, que decían trabajar ad honorem, terminaban cobrando jugosos salarios a escondidas.
En términos de reducir el Estado, Bukele arrancó echando gente. Cerró cinco secretarías y despidió a más de 600 empleados en sus primeras semanas de gobierno, y solo en 2025 despidió a más de 7,000 trabajadores del sector salud. Los sindicalistas de Educación han denunciado también “el desmonte de la escuela pública en El Salvador”.
No es de extrañar que, desmantelando la salud y la educación, la pobreza aumente. Efectivamente, la cifra de pobreza monetaria en El Salvador creció tres puntos porcentuales en los primeros cinco años del gobierno de Bukele.
Pese a estos fracasos, en El Salvador de Bukele no se puede cuestionar. Al igual que ya lo ha hecho De la Espriella, Bukele agrede y calla a periodistas y a voces que se atrevan a preguntarle lo que no quiere responder.
Desde que Bukele es presidente, El Salvador ha caído 62 puestos en el ránking de libertad de prensa de Reporteros Sin Fronteras. Volvieron los presos políticos, y se produjo el mayor número de exiliados políticos desde el fin de la guerra civil.
Estos ejemplos nos muestran que las similitudes entre Bukele y De la Espriella no son solo estéticas. Ambos comparten una apuesta por un Estado fuerte en seguridad y control social, pero débil en diálogo, inversión social y redistribución económica.
Un modelo que profundiza las desigualdades por varias razones:
UNO: La reducción de impuestos y la austeridad del gasto disminuyen la capacidad del Estado para invertir en salud, educación, cuidado e inversión social. Esto afecta a los más pobres, los que dependen de la inversión pública para acceder a lo esencial. Los ricos pueden seguir pagando sus colegios y hospitales privados.
DOS: La desregulación ambiental y el apoyo excesivo a la economía extractiva beneficia a grandes capitales extranjeros mientras que genera costos sociales y ambientales que nadie termina pagando.
TRES: Apostarles a la seguridad y al orden, por encima de los derechos, puede terminar silenciando voces que toda democracia y economía necesita (movimientos ambientales, sindicatos, organizaciones campesinas o defensores de derechos humanos).
Bukele y De la Espriella son la expresión de una nueva ultraderecha latinoamericana que promete en términos económicos, pero no logra. Y que, en el camino, termina minimizando al Estado y silenciando a la ciudadanía. La fórmula perfecta para aumentar la desigualdad.
Coautores: Allison Benson es economista, PhD e investigadora colombiana; Nelson Rauda es periodista salvadoreño.