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¿Un ministro aporofóbico?

El ministro Indalecio Dangond dijo hace un par de días que desde la institucionalidad no se hablaría sobre “campesinos” por ser este un término despectivo. Y en un país clasista, racista y aporofóbico —es decir, donde la pobreza y las personas pobres son objeto de rechazo o desprecio—, es verdad que para algunas personas ser “campesino” es despectivo. Precisamente de ahí viene la lucha de movimientos sociales, académicos, cortes y hasta de la cooperación internacional, por reivindicar la palabra “campesino”.
Esta lucha lleva años, y difícilmente se va a borrar por las declaraciones de un ministro. Porque, aunque preocupantes, las declaraciones no existen en el vacío. Y en este caso, hay protecciones constitucionales que reconocen a los campesinos como sujetos especiales de derechos. Hay organizaciones como la ANUC, que llevan 60 años movilizando al campesinado. Hay políticas como la de la Agricultura Campesina, Familiar y Comunitaria, que movilizan recursos de la cooperación internacional, y están las y los 14 millones de colombianos que se autorreconocen, con orgullo, como campesinos.
Ahora, viene la pregunta de si el ministro quiere borrar al campesino sólo del lenguaje, o también del presupuesto y de las políticas. ¿A quiénes priorizará el Ministerio? ¿A los medianos y grandes productores, entendiendo el campo como un sector económico? ¿O tendrá también una política dirigida a los campesinos, tradicionalmente invisibilizados no solo por las personas sino también por los recursos públicos?
No es una distinción menor. Durante años, una de las luchas del desarrollo rural colombiano ha sido precisamente reconocer que el campo no está compuesto solamente por empresarios agropecuarios. Está habitado por familias, comunidades, trabajadores, pueblos, y organizaciones que producen, claro, pero también cuidan, intercambian, construyen cultura y sostienen territorios.
De hecho, no hace tanto tiempo decidimos reconocer esto institucionalmente dándole al Ministerio su segundo apellido: Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural. El apellido no es decorativo. Recuerda que la política para el campo no puede reducirse a aumentar la productividad agropecuaria. También debe ocuparse de quienes viven en los territorios rurales y de las profundas desigualdades que allí persisten.
Ojalá este Gobierno mantenga esa mirada, aunque decida no llamar “campesinos” a los campesinos. Porque ellos no son una categoría del pasado que debamos esconder para modernizar el campo: son una parte fundamental de nuestro presente y futuro. Los campesinos son quienes producen la mayor parte de los alimentos que consumimos, quienes generan más empleo rural, quienes cuidan bosques, fuentes de agua y otros bienes comunes. Quienes preservan conocimientos, prácticas y formas de relacionarse con el territorio que hacen parte de nuestra cultura, así a algunos les parezcan despectivas nuestras raíces y tradiciones.
Por eso, la discusión sobre una palabra aparentemente sencilla es mucho más profunda de lo que parece, y la respuesta al desprecio por el campesinado no debería ser borrar su nombre, sino dignificarlo.

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