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Las miradas a las marchas

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Álvaro Camacho Guizado
22 de febrero de 2008 - 12:12 a. m.
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Tanto la marcha del cuatro de febrero como la anunciada para el seis de marzo pueden ser vistas desde, al menos, dos puntos de vista: uno, del  político, y otro, del  sociológico.

Desde el primero, aparecen como asuntos del corto plazo, en el que las contabilidades sobre su tamaño y representatividad mueven a los políticos interesados en agrandarlas o minimizarlas, según sus conveniencias. Y esto porque priman los intereses  partidistas o grupales, y porque reflejan luchas de poder.

Las miradas políticas buscan escudriñar las motivaciones de los convocantes y a elaborar a partir de ellas cálculos que favorecen o perjudican a las élites políticas. Más aún, desde esta perspectiva las marchas se convierten en objetos de apropiación, según esos intereses. La marcha del cuatro de febrero, en efecto, se ha prestado para toda clase de  interpretaciones políticas: desde quienes vieron en ella un repudio a las Farc, hasta quienes consideraron que primó la protesta contra el secuestro.

Y en estas interpretaciones dominan, desde luego, las que se soportan en los factores más importantes del poder. Por eso la gran mayoría de los medios hizo énfasis en el repudio a las Farc, e incluso desde Palacio se llegó a decir que fue un producto de la seguridad democrática. El sentido de apropiación se ha expresado también en la promoción de la segunda reelección del presidente Uribe. Es decir, los intereses han primado sobre las  multitudinarias expresiones. Ese es el sentido político, que bordea los límites de la mezquindad.

El sociológico tiene una  mirada muy diferente: ve las marchas como una forma de acción colectiva, en la que si bien hay directrices generales, se combinan diferentes consideraciones por parte de los participantes. Son formas de voz social que, al romper con la monotonía de la vida cotidiana, permiten que se aireen, al lado de intereses, demandas, frustraciones y deseos que se convierten en claves para la comprensión de la dinámica de una sociedad.

Esta mirada aporta, así, elementos para asumir una actitud menos avara que la que se ha exhibido hasta ahora: los políticos de la derecha han exaltado la marcha de febrero, y han llegado a decir, sin rubor alguno, que la de marzo es repudiable porque es convocada por las Farc. Y en sectores de la izquierda se ha hablado de manipulación en la de febrero, pero de autenticidad en la de marzo.

No, las dos marchas expresan algo muy distinto, y tienen en común que crean vehículos para que la gente muestre su repudio a la violencia, sea de la insurgencia, sea de los paramilitares o de sectores del Estado. Ambas confluyen en una defensa de la vida y de allí que no pueda satanizarse ninguna.

Pero además esas formas de acción colectiva son formas de construcción y defensa de la democracia. La construyen en cuanto abren vías de expresión que no suelen manifestarse por las vías institucionales, en donde las voces colectivas son sustituidas por unas élites que no necesariamente las representan —así hayan sido elegidas en los rituales electorales diseñadas por esas mismas élites—, de modo que se convierten en los dueños del balón. Y defienden la democracia en la medida en que dotan de poder a unas masas que en condiciones de normalidad institucional carecen del mismo.

En muchos de los medios hemos leído diatribas feroces contra la marcha de marzo y exaltaciones de la de febrero. En ambos casos se evidencia el supuesto de que algún poder superior es capaz de manipular a una sociedad. El Gobierno en la primera, la insurgencia en la segunda. Aunque ésta no se ha dado aún, es difícil creer que tanto el uribismo como las Farc tengan tanto poder, y que los colombianos que se movilizan en masa tengan espíritu de borregos. No, no se pueden sobreestimar los poderes formales, ni subestimar a una sociedad que padece en su cotidianidad el conflicto armado.

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