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Saramago y Colombia

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Álvaro Camacho Guizado
19 de febrero de 2011 - 03:00 a. m.
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EN ENTREVISTAS CONCEDIDAS A EL Tiempo, José Saramago nos dijo varias cosas sobre las cuales es necesario reflexionar, porque encierran varias lecciones.

El 28 de noviembre de 2004 dijo: “El concepto de guerrilla tiene algún sentido de nobleza, es decir, ciudadanos que se organizan para resistir al invasor. No creo que ése sea el caso de Colombia. Aquí no hay guerrilla, sino bandas armadas”.

Pocos lectores estarían en desacuerdo. Como tampoco lo estarían con la siguiente afirmación, hecha al mismo diario el 9 de julio de 2007: “Quizá la posibilidad de que cambie esta situación (de violencia) es que la sociedad civil colombiana intervenga. El primer paso es salir de la aparente apatía en que se encuentra. Moverse, conmoverse. El día que la tierra colombiana empiece a vomitar sus muertes, esto quizá pueda cambiar. No los vomitará materialmente, claro, sino en el sentido de que los muertos cuenten. Que vomite sus muertos para que los vivos no hagan de cuenta que no está pasando nada”.

Y pocos días después, el 14 de julio, señaló que “por culpa (de la guerrilla), es asombroso cómo en Colombia dos generaciones se han perdido. Su existencia sólo ha producido muerte, cantidad de desaparecidos y tres mil o cuatro mil secuestrados. Así fuera sólo por los secuestros, la acción de las Farc es condenable. Ninguna guerrilla política vive de secuestros durante años y menos mantiene durante años a inocentes secuestrados. Eso no es luchar por ideales. Lo peor es que ya no pueden vivir de otra forma. En otras partes, la guerrilla fue política y se integró a la vida de todos los días. Aquí no”.

No se puede olvidar que Saramago fue comunista, que jamás renunció a sus ideales y que enfrentó las críticas y acusaciones que la derecha española y la portuguesa le dirigieron en más de una oportunidad. Es decir, cuando el premio Nobel critica a las guerrillas colombianas, no lo hace desde una posición reaccionaria, de derecha. Lo hace en nombre de un sentido ético de humanidad y justicia. De modo que debemos tomar sus palabras como una condena justa a una organización guerrillera que se dice representar al campesinado pobre y a las masas urbanas explotadas.

Saramago no mencionó que hace algunos años se realizó en el país una manifestación masiva en contra de las Farc, que días después se reprodujo con otra en abierto rechazo al paramilitarismo y a las desapariciones forzadas. Es decir, sí ha habido expresiones masivas de la sociedad civil en contra de los grupos armados violentos, entre los que se han incluido agentes del Estado que, valiéndose de sus posiciones, han producido los falsos positivos y otras agresiones violentas y salvajes contra esos pobres a quienes las Farc dicen representar. Sí ha habido rechazos, desde luego, y si algo demuestran esas movilizaciones, es que las guerrillas colombianas son impermeables a los repudios públicos, que privilegian las peores formas de militarismo y matonería sobre la acción popular.

Probablemente si se le hubiera preguntado a Saramago sobre la vigencia histórica de las Farc, habría contestado que, además de lo repudiable de su acción, uno de sus rasgos principales es su obsolescencia.

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