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ES UNA PENA QUE FERNANDO GÓmez Aguilera, organizador del libro Saramago en sus palabras, publicó solamente las entrevistas en las que el novelista se refirió a las Farc como una guerrilla que ha desarrollado métodos inaceptables y perversos de acción y obstaculizado el desarrollo de la democracia en el país.
O sería que los varios entrevistadores no le dieron la oportunidad de referirse a la otra cara de la moneda: las condiciones en las que se desarrolla la sociedad colombiana: la profunda inequidad, la pésima distribución de la riqueza, el gigantesco proceso de desalojo de tierras; la liquidación física de miles de campesinos, sindicalistas, activistas de los derechos humanos, la corrupción que cubre hasta los más altos segmentos del poder, tanto del Estado como de la empresa privada, las continuas masacres de ciudadanos inocentes, las desapariciones forzadas, los llamados falsos positivos, la participación de altos representantes de la política en alianzas con paramilitares que son asesinos masivos y compulsivos, en fin, el conjunto de lacras que contribuyen, tanto como las guerrillas, a impedir el desarrollo de una democracia moderna en el país.
Lástima que se perdió la oportunidad de comentarle a Saramago que en 1992 un grupo de intelectuales y académicos escribió una carta a los miembros de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar en la que, además de repudiar los métodos guerrilleros, se les dijo que si bien su causa pudo tener alguna justificación en el pasado, esos mismos métodos le habían hecho perder toda justificación a la lucha armada.
No se puede decir que los firmantes de la carta (García Márquez, Antonio Caballero, Nicolás Buenaventura, Fernando Botero, entre otros) fueran unos reaccionarios enemigos de las causas populares. Si algo los identificaba era su condición de demócratas.
Pues bien, la respuesta de la CGSB fue una fuerte diatriba contra el Estado colombiano y sus diferentes gobiernos, artífices de las miserias del pueblo colombiano. Hasta ahí, bien, es claro que la historia de la dominación política en Colombia ha sido excluyente, y que los más altos sectores del poder han contribuido a la dominación violenta de los sectores populares. Es decir, uno podría ponerse de acuerdo. Pero sólo hasta ahí.
Porque si el camino de la liberación nacional y la democracia es que un grupo pretenda convertirse en el representante de la totalidad de los dominados y decida que el único camino es la lucha armada, se convierte en un mecanismo de expropiación de esos intereses populares y en un obstáculo para que se puedan organizar en un movimiento democrático liberador.
No creo que Saramago se apartara de consideraciones como éstas. Es más, creo que sería más duro aún. Y si alguien le hubiera mostrado la carta con la que la CGSB respondió a los interlocutores, en la que dicen que repudian el narcotráfico, y si Saramago les preguntara si hoy pueden ratificar esa afirmación, vaya uno a saber con qué tipo de argumentación defenderían su incrementada participación en el negocio, y cómo justificarían que al hacerlo entren en relaciones de complicidad con los peores asesinos que ha tenido este país en los últimos años.
