EL ESCÁNDALO QUE HA SUSCITADO la presencia de unos estudiantes encapuchados en la Universidad Distrital me ha hecho recordar un episodio que me correspondió vivir hace unos años en una dependencia de la Universidad Nacional. Hacia el medio día de un viernes entraron a la dependencia unos 8 ó 9 encapuchados, con unas bolsas en las espaldas que parecían jorobas, bloquearon las puertas y nos informaron que se trataba de una “toma” y que el propósito era denunciar ante el mundo el carácter reaccionario y proimperialista del instituto en cuestión.
En principio algunos profesores nos declaramos secuestrados y expresamos nuestra negativa a dialogar con secuestradores. Eso les pareció un poco exagerado, y trataron de explicarnos la diferencia entre un secuestro y una toma, y manifestaron que necesitaban “tomarse” el fax para enviar su mensaje de denuncia al mundo entero.
Finalmente, en consideración de las edades de los encapuchados y encapuchadas, cuyos cuerpos y tonos de voz atestiguaban que no podrían ser mayores de 20 años, lo que explicaba la inexperiencia en la diferenciación entre secuestro y toma, los profesores secuestrados o tomados accedimos a prestarles el fax, para lo cual nos tocó enseñarles su funcionamiento.
La cosa se fue desarrollando de tal manera que nos tocó también leer el comunicado: mi primera reacción fue manifestar mi profunda resistencia a enviar un mensaje con tantos errores de ortografía y sintaxis, y les propusimos que nos permitieran corregir al menos la ortografía, dado que el texto sería leído por mucha gente y esos errores desprestigiarían al movimiento.
Una vez aceptada la colaboración, a lo largo de la lectura fuimos haciendo comentarios acerca del contenido: así como nos habían acusado de exagerados al confundir una toma con un secuestro, nosotros considerábamos exagerado que nos acusaran de agentes del imperialismo, de vendepatrias y cipayos. Poco a poco fuimos armando un diálogo que acompañamos con la muestra de algunos de los libros y las revistas publicados por la institución. En esa literatura se podía constatar que nuestra ideología y nuestras prácticas no se correspondían con esas acusaciones.
Este proceso, claro, fue acompañado de una oferta de unos tinticos: lamentablemente las capuchas les impedían tomarlo. Tampoco aceptaron los cigarrillos que les ofrecimos. Hasta hoy no sé si interpretaron esas cortesías como un intento soterrado de comprarles las conciencias y desbaratarles la estrategia, o de envenenarlos. Era claro, además, que se llegaba la hora de almuerzo y que la capacidad de ayuno estaba llegando a un límite.
Seguimos con el comunicado y el esfuerzo de convicción de que no éramos lo que ellos pensaban, que se habían equivocado, y que probablemente podrían encontrar gente más reaccionaria en otras dependencias, y que eso incluía a una buena parte del estudiantado.
Lamentablemente el suceso no tenía mucha publicidad, de manera que no hubo masas solidarias ni compañeros curiosos en las puertas, y eso desconcertó un poco a los tomadores y tomadoras: sin testigos, bien podría ocurrir que los profesores tomaran medidas represivas contra ellos.
Hacia las dos de la tarde se logró un acuerdo sobre los términos del comunicado: ya no se trataba de que éramos lo que nos decían al principio, sino de que el imperialismo se estaba tomando el país, que se robaban los recursos naturales, y que la Universidad Nacional era el único bastión en la lucha contra la penetración extranjera.
El problema era ahora cómo salir de allí: cuando les ofrecimos el baño para que se cambiaran de ropa, nos rechazaron, porque era obvio que al vestir de manera corriente les veríamos las caras, y eso los pondría en peligro. Pero salir encapuchados era otro riesgo peor, porque otros más los podrían ver. Nos pidieron que no los miráramos, mientras en los corredores del edificio se fueron cambiando. Luego, por una ventana los vimos salir corriendo. Sin duda iban a almorzar.