Sólo conozco, fuera de mí, a un lector constante de bibliografías: José Luis Díaz Granados. Con él compartimos esta afición a la lectura del “estudio, descripción y clasificación de documentos”. Una buena bibliografía puede convertirse en un mapa infinito. Uno que se multiplica hasta el vértigo. Lanza y abre un mundo al “curioso lector”. Es, lo más parecido que existe, a un reto. Un bibliógrafo, fuera de ser un investigador y sistematizador, puede ser también un narrador o un ensayista. Una buena bibliografía debe y puede leerse como una invitación a la lectura.
No recuerdo cuál fue la primera bibliografía con la que me topé. Debió ser, con toda seguridad, en alguna de las enciclopedias que consultaba en mi casa y en la biblioteca del colegio. Mi mamá nos compró tomo a tomo, a mi hermano y a mí, la Lexis 22. Esa enciclopedia roja que, mes a mes, iba llevando a las casas el primer librero que conocí. El del Círculo de Lectores. De las del colegio recuerdo a la Larousse, la Salvat, la Quillet, la Espasa Calpe. Debió ser en una de ellas donde encontré, al final de la definición de alguna palabra o artículo, unas referencias en una letra muy pequeñita, como si no quisieran ser vistas más que por un lector curioso. Alguien que supiera qué hacer con ellas.
A las bibliografías que fueron abriéndome los ojos al mundo de la “imagen y posibilidad” se le agregaron, faltaba más, las fichas bibliográficas de los ficheros, esos muebles heroicos que atesoraban en unas tarjetas blancas, primorosamente ordenadas y manoseadas, las diferentes fuentes que se podían consultar cuando se sabía qué buscar. Aunque, debo ser honesto, para mí era fascinante no saberlo. Ir a una letra e irlas pasando, una a una o de a montones, hasta que por algún motivo me detenía. “Es caprichoso el azar”, dice la canción de Joan Manuel Serrat interpretada por Vionaika. Un autor, un título, una referencia saltaba como un conejo. Y no quedaba más remedio que seguirlo.
La vida me dio el privilegio inmenso de conocer a una bibliógrafa mítica: la cubana Araceli García Carranza, jefa de investigaciones de la Biblioteca Nacional José Martí. Una mujer sabia y elegante, humilde y sencilla, recia y eficaz. Con un rigor, curiosidad y paciencia infinita elaboró y escribió libros y catálogos que facilitan las dudas y curiosidades; además de ser una invitación a la lectura compartida. Me sumerjo en ellas con la certeza de que, hasta lo que no estoy buscando, va a aparecer.
Hoy, 3 de febrero de 2026, me enteré de que falleció en La Habana. Este texto lo había empezado a escribir hace días. Hacía parte de otra crónica. Michelle Rincón, quién me ayuda a ver lo que ya no veo, me dijo: “Es otra crónica. Déjala aparte”.
Y sí, era otra crónica: esta que escribo para homenajear y no olvidar a Araceli García Carranza, quien nunca dejó de ser útil, ejerciendo uno de los oficios más humildes y necesarios: bibliógrafa. Esa que nos facilita sin pretenderlo el camino. Con la sencillez del que sólo quiere dar una mano para entregar un testimonio.