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Ya nos habíamos visto una vez: el 7 de mayo de 2019, también durante la Feria del Libro de Bogotá. Habíamos conversado sobre su novela “Mañana tendremos otros nombres”.
Nos volvimos a encontrar el 25 de abril de 2026. Patricio Pron vino a la feria a presentar, entre otras cosas, un libro publicado por mi editorial, Isla de Libros: No, no pienses en un conejo blanco. Un ensayo revelador sobre la lectura, el tiempo, la rapidez y el vértigo.
Pasó por la librería a conversar y a dejar unos libros dedicados. Cuando entró, acompañado por la editora Ginett Alarcón, me dijo:
—Tú y yo ya nos habíamos visto.
Asombrado ante su memoria, le dije que sí y le recordé el encuentro.
No pudo estar mucho tiempo. Tenía compromisos feriales. Fue el suficiente para que conversáramos, nos tomáramos una foto, le regalara un ejemplar de “Librovejero” y continuáramos una conversación pendiente sobre los libros usados y el ser librero:
“Comprar libros usados, en mi opinión, es comprar libros enriquecidos. No solamente compras el contenido de esos libros, sino la historia que hay detrás de ellos, de cada uno de los ejemplares. Soy un gran fan de los libros usados. Son libros que han estado habitados, como casas que han sido habitadas.
Uno de los que aún habita mi biblioteca es la primera traducción de “Ulises” al español, la realizada por Salas Subirat, un exiliado republicano que se inventó un lenguaje para estos irlandeses que habitan la novela de Joyce. El libro es maravilloso, y es posible que sea de los más manoseados y más subrayados por mí. No sé cómo va a ser habitado por otras personas. Veo dificultoso que alguien pueda hacer algo con ese ejemplar, que está completamente desconchado ya. Aún lo conservo. Me gustaría creer que un lector o lectora, a futuro, encontrara en él lo que yo encontré.
Para mí, un librero es, en primer lugar, un interlocutor. Algo que escasea en este momento. Es un mediador; es el rostro amable de una industria editorial, un negocio que tiende a no ser especialmente amable. Es también un curador, un recomendador. Si ese librero es bueno (afortunadamente hay algunos que lo son en grado extremo), es alguien que va a revelarme qué es lo que no sabía que necesitaba. Me parece que un verdadero librero es no solo aquel que te provee del libro que tú querías comprar, sino aquel que te descubre ese libro que, por una razón o por otra, él sabe que tú necesitabas. Eso es un librero”.
Llegó el taxi por él, por ellos. Nos dimos un abrazo y le dije:
—Gracias por recordarme.
