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Hace ya casi treinta y ocho años que comencé en mi oficio de librero. Podría decir que ha pasado rápido, pero si se lo piensa un poco, ha sido demasiado el tiempo transcurrido. No solamente si lo contabilizamos o cronometramos (suena raro), sino por todos los cambios que han ocurrido en el oficio. Sin saber cuándo ni cómo el adjetivo “independiente” comenzó a acompañarlo. Al principio, se llamaban librerías y nos llamábamos libreros.
A todos estos cambios hay que añadirles los que sucedieron durante la pandemia de la covid. Las librerías pasamos a ser también virtuales y surgió una nueva manera de ser librero y de ser lector. Muchas personas llegaron así a la librería. Con el paso del tiempo, el conocerse personalmente otra vez se fue haciendo posible. Han vuelto a llegar esas conversaciones infinitas, donde la complicidad entre dos lectores hace que la lectura compartida sea una posibilidad de encuentro y de libertad.
A este lector lo conocí primero por su “nombre” en Instagram: Escala de grises. Un lector feroz y curioso, ansioso por compartir su amor por la literatura. Hace unos días nos volvimos a encontrar y una conversación arbórea se desarrolló. Llena de ramificaciones hacia muchas partes y hacia el comienzo. Todo partió de una pregunta: ¿Por qué leer libros cortos y escribir corto?
“Mi nombre es Fernando Simanca Cabrera, soy profesor de literatura en un colegio. Dicto en octavo y once. Hay algo muy poderoso en concentrar las ideas. Y que eso logre esplendor, que el efecto sea tan intenso que después nazca en el lector. Viene de leer autores que escriben de esa manera. En Latinoamérica, por ejemplo, Borges. Él concentra las ideas. La brevedad para decir las cosas es algo único. Una hazaña. Disfruto mucho la literatura que habla de literatura. Me gustan mucho los ensayos que reflexionan sobre el acto de leer como un acto creativo. Por eso siento que lo que persigo, en realidad, es ser un lector que escribe, más que ser un escritor que crea universos o mundos. Y cómo se concentran estas cosas, bien sea en la reflexión sobre la literatura o la lectura. Tengo 35 años. Hace rato escribo cuento, ensayo, me gusta mucho el aforismo, que es la manera más mínima del ensayo: concentra toda la intensidad del pensamiento.
“Compro libros usados por la historia del elemento. Lo que pueda uno también inferir e imaginar a través de lo que otro lector pudo dejar. Estaba viendo precisamente las glosas que un lector anterior dejó en un libro. Curioso poder a veces abismarse también ahí. Imaginar la intimidad de otro lector. Siento que eso tiene que ver con la metareflexión. El libro de viejo es eso: un organismo con mucha potencia en su vida. La historia. Hay una historia. Me gusta. He caminado mucho comprando libros. Descubriendo. Y ojalá que fuera una novela, una obra que quisiera leer o me interesara. Lo que pasa con el libro y sus otros lectores”.
Se fue con un ejemplar de los años cuarenta de aforismos de La Bruyére.
