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Daína Chaviano, un libro que regresa

Álvaro Castillo Granada

25 de febrero de 2026 - 07:45 a. m.

Ester me llevó a conocerlo. Fue en octubre de 2002. Me dijo: “Estoy segura de que se van a caer bien”. Y así fue. Con solo bajar por el pasillo y entrar a su casa (que tenía siempre la puerta abierta) y verlo, grueso, grandote, bigotón, supe que seríamos amigos. Y empezamos a conversar. Y a reírnos. Se reía con toda la cara. Su rostro se transformaba. Esa melancolía que a veces lo habitaba desaparecía. Y no podíamos hacer más que reírnos. De todo, pero por sobre todas las cosas, de nosotros mismos.

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Ese primer día nuestro descubrió que miraba de soslayo los libros de su biblioteca. Humilde, sencilla, modesta. Como él era: las bibliotecas reflejan el espíritu de sus dueños. Me dijo: “Chico… coge los que tú quieras… mira bien”. Y yo: “Que no, que cómo se te ocurre, si no era pa eso que estaba mirando”, y él: “Que sí, Alvarito, no importa. Yo ya me los leí”. Algo en su mirada me hizo ver que lo ofendía si no lo hacía. Y cogí dos o tres libros. Entre ellos “Fiebre de caballos”, de Leonardo Padura. Y nos reímos y seguimos conversando los tres.

Una de las tardes, que después fueron muchas, me extendió un libro de Eliseo Diego, “Divertimentos” (la edición de colección Cocuyo), dedicado a Daína Chaviano: “Para Daína, un homenaje a los mundos que nos ha descubierto -¡sin duda porque tiene esos ojos tan grandes! Su amigo, Eliseo Diego, La Habana, 26 de junio de 1979”.

Ante mi asombro, añadió:

-Lo guardé para ti.

Habitó mi biblioteca durante muchos años hasta que, en la Feria del Libro de Bogotá de 2022, supe que ese libro debía cumplir con su destino: Daína Chaviano estaba invitada.

Este a veces puede ser complejo, pero siempre los amigos están ahí para enderezarlo. No iba a estar yo presente. Entonces Carlos Robledo, el más feroz cazador de autógrafos que existe en Colombia, fue el encargado de entregárselo en mi nombre. Escribí en la primera página: “Hace muchos años Carlos Ojeda (un amigo colombiano que vivió y murió cuarenta años en Cuba) me regaló este libro dedicado a ti. Hoy te lo devuelvo como recuerdo de un tiempo ya lejano que hoy nos acerca”.

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Y me llamó a La Habana y hablamos los dos: “No puedo creerlo… Ese libro yo lo dejé en Cuba cuando me fui. Mi papá regaló mis libros. Yo lo daba por perdido… Y ahora regresa… No tengo palabras”.

¿Qué figuras tuvieron que armarse para que Carlos Ojeda encontrara ese libro quién sabe cuándo, me lo entregara para que, pasado el tiempo, pudiera devolvérselo a su dueña original? ¿Qué memorias carga ahora? ¿Qué divertimentos? “¿Acaso siguen paralelas las vidas de ellas? ¿O se habrá roto para siempre este múltiple paralelismo obsesionante?”.

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