Cuando Carlos Torres Tangarife (por ese entonces editor de la revista Cromos) me llamó para invitarme a escribir una columna mensual, no tenía muy claro en lo que me estaba metiendo. Le respondí que sí, que claro, que me honraba el que pensara en mí para esto.
—Puedes escribir sobre lo que quieras. Lo que más te guste. De cultura, de libros... Por esta primera vez te voy a pedir que escribas algo sobre Arnoldo Palacios. Sólo por esta.
Días después, mientras caminaba hacia la librería, se me ocurrió qué contar: la historia de un ejemplar de la primera edición de Las Estrellas son Negras dedicado cinco veces: el mío.
La llamé “En mi lugar” porque de eso se trata, al menos para mí, esto: de contar desde un lugar propio (en este caso el de un librero que también escribe) aquello que, sin que sea muy claro por qué ni para qué, nace como una necesidad de opinar o narrar algo que es una mirada que puede ser compartida por otro. En este caso un lector/lectora. Algo que se puede ver gracias a las palabras que se suceden una tras otra hasta completar 2.500 caracteres.
Un lector feroz y buen amigo a quien (lo recuerda él, no yo) conocí cuando era un adolescente, al que le recomendé que leyera Martin Eden, de Jack London, me dijo que debería dejar de escribir las cosas que escribo y, más bien, lo hiciera sobre temas en los que implicara decirlo y contarlo todo. Le respondí lo que un librero de libros usados puede responder ante un requerimiento como este:
—¡Qué mamera!
Porque la “mamera” (definida por el erudito y grafómano Andrés Ospina como “estado de extenuación, indisposición, aburrimiento o hartazgo en lo concerniente a una actividad determinada”) es la posición y actitud que nos permite, a los libreros, aplazar lo urgente, olvidar lo necesario y renunciar a lo conveniente. Es nuestro grito de batalla. Nuestra bandera de libertad.
El sólo hacer lo que se quiere sin tener en cuenta nada más. Vislumbrar un camino que se puede transitar sin necesidad de pensar en la seguridad o la velocidad. El “concepto de mamera” (como tan bien lo llama la editora Ginett Alarcón) es una opción más radical que la de Bartleby. No se trata de “preferiría no hacerlo” sino de “sé que me convendría hacerlo, que me beneficiaria y me permitiría avanzar hacia otros derroteros, pero ¿para qué? Mejor no hacerlo. Que otro lo haga”.
Lo que sí tengo claro es que nunca me ha dado mamera escribir esta columna. La espero “en mi lugar” como quien se sienta en un sillón a dejar balancear el tiempo. Esperando que, de repente, ocurra esa primera frase que puede desatarlo todo. Esa que, cargada de tiempo y silencio, trae consigo una historia de principio a fin. Solo hay que detener un momento ese ritmo tan parecido al caminar del mar, abrir los ojos y ver como una columna nace sin otra necesidad aparente que lograr contar ese tiempo que nos habita como una mirada que busca siempre un más allá: el otro lado de la montaña.