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“Mi nombre es Ricardo Froilán Vargas”, así comenzó esta conversación con un hombre de un oficio nada frecuente: fabricante de pizarras. Tableros, los llamamos en Colombia.
Lo había visto varias veces, a lo largo de los años, sentado en el muro que rodea el Círculo Infantil Pequeños Lenin, en Santa Clara. Hasta que no pude soportar más la curiosidad que no deja de acompañarme y, con el pretexto de compartir un café, empezamos a conversar:
“Nací el 5 de octubre de 1935. Tengo 90 años. Lo de las pizarras se dio por casualidad… Nosotros vendíamos ahí mesas de dominó, herramientas de albañil, útiles de eso… Un día llegó una señora y preguntó: “¿Ustedes no hacen pizarras aquí para que los niños repasen en eso?”. “No, no hacemos”, le dijimos.
Un día se nos ocurrió hacer una pizarra. Y aquella señora no vino más nunca. Fíjate… Y empezamos a hacer las pizarras. Se dio el caso de gente que tiene un negocio para vender en la casa y comenzó a comprarlas para eso, porque se lo exigen. Tener una pizarra con todos los productos que tienen. De ahí “paralante” fue que nosotros empezamos. Mi socio se llama Julio Gómez. Nosotros las hacemos con cartón, del que se hacen los escaparates. Un cartón soviético que venía. Medimos el cartón, hacemos dos listones, lo precintamos arriba de estos y le hacemos el cabezal. Primero lo pintamos, para que no se embarren los listones. Puede ser pintura de aceite o de agua, vinil, que se sostiene bien ahí. Después le ponemos las vertiduritas esas que lleva en la orilla, se le pone el palito detrás para que se pare, con un material de piel para engancharla abajo. Ya. Está la pizarra.
En esta esquina es por donde más tránsito: Calle Tristá, entre Virtudes y Amparo. Por aquí pasan personas de toda la provincia. Ya eso se ha hecho famoso aquí. En mi casa a veces estoy acostado allá y viene una gente y me pregunta: “¿Oiga? ¿No tiene pizarritas?”. Y me levanto y le vendo. Soy albañil desde que tenía 15 años. Albañil bueno. Trabajé, se puede decir, en casi todos los edificios que hay hechos en la Universidad Central. En 1952 empecé a trabajar allá. Se hicieron tres edificios primero. Hasta el teatro. La biblioteca, el rectorado y después el edificio de humanidades. Trabajé ahí hasta 1962. Hace ya sesenta y pico de años que no cojo para allá. En el Santa Clara Libre trabajé también. Administré dos bodegas. Tengo preparación. Estuve en un curso en la universidad. Dos semestres no más. Tenía que trabajar por la mañana hasta las 11. Y estar a las 2 allá. Ya estaba casado, tenía hijos y no lo seguí. Trabajé también en construcciones militares. Hacíamos refugios para tanques, casamatas… Fui a La Habana a pasar un curso de inspector de hormigón. Mi retiro son 1.528 pesos. Con las pizarras estamos escapando…”.
Y, a pesar de todo y todos, ahí sigue sentado (alternándose con Julio, su socio), bajo el sol esperando que alguien le pregunte: ¿cuánto valen las pizarras?”…
