Publicidad

En mi lugar

“Los gritos”, de Andrés Arias

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Álvaro Castillo Granada
12 de junio de 2026 - 05:00 p. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

“(…) todo muerto deja un rastro, hay que estar vivo para hacerse silencio”. Subrayé esta frase dicha por el periodista enamorado de la Tarazona, en el cuento “La Yernísima”, del nuevo libro de Andrés Arias: “Los gritos”.

Y la subrayé (me invento esto ahora, que la releo, mientras intento escribir este texto), porque creo que puede definir (si es que esto es acaso posible) el oficio de narrador de este escritor del que, desde hace 10 años, estábamos esperando un nuevo libro.

Tomé conciencia real del escritor con el que me estaba encontrando al devorar su novela “Tú, que deliras”, esa extraordinaria evocación, resurrección, de la artista Carolina Cárdenas y su mundo. Asistimos, paso a paso, a la aparición de una mujer de la cual es más lo que se ignora que lo que se sabe. Como en “Los dos tiempos”, de Elisa Mujica, es un fantasma que no ronda mientras buscamos su rastro porque ya no se es silencio.

En este libro el reto es aún mayor: “(…) Lo que estoy haciendo es una mezcla entre un libro de cuentos y una novela coral (…). Algunos sucesos se repiten, pero contados por diferentes narradores”. Y lo consigue. Empezamos a leer un libro de cuentos donde a través de un hilo conductor común, la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, nos vamos sumergiendo y enredando, estableciendo conexiones y nexos, recorriendo vasos comunicantes que lo que forman, crean, es un gran fresco del que no es posible apartar la mirada.

“(…) Había pensado escribir un cuento, pero ahora, después de la brutalidad de lo que encontré, lo asumo como un texto real, una crónica narrada en tercera persona”. Este punto de vista del narrador es lo que nos obliga a cuestionarnos todo el tiempo: ¿Lo que estamos leyendo, la historia, es real? ¿Sucedió? La “brutalidad” que encontró el autor/narrador fueron “los gritos”, las voces de los personajes que se preguntan “qué fue de los sucesos de los que fui testigo (¿murieron?, ¿aún tienen consecuencias, ¿alguien sabe de ellos?)”.

La historia que no fue contada, la que sucedió, pero no hay manera de comprobar, aquella que habita en la memoria y solo es posible verla al contarla. La historia que va envejeciendo y que está destinada a desaparecer, a esfumarse. Gracias a este libro, escrito con la precisión de un reportero, la arquitectura de un novelista y la mirada curiosa de un rastreador de rumores, los lectores de hoy volvemos a un tiempo del que ignoramos más de lo que sabemos: “Hacer periodismo del pasado”. Un libro inmerso en la ambigüedad, el rumor y la confesión, donde cada testigo tiene su propia voz sin caer en la tentación de imitarse a sí mismo.

Este libro es una caja de Pandora, un lugar donde se guardan los gritos que se desvanecen, las voces de los testigos y protagonistas que esperan que alguien se detenga a escucharlas como si se tratara de mirar un cuadro. Y estas voces pertenecen a un período de la historia de Colombia acaparado por el jefe supremo.

Finalmente, el autor descubre que hay que escribir cuando todavía recuerda, “quizá para no empezar a mentirme, a inventar”, así haya que recurrir a esto último para hacer un libro de cuentos perfecto.

Conoce más

 

Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.