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Salí de la librería el miércoles y emprendí el camino a mi casa. Entré a otra librería. Una de las que se enlazan con mi camino. Una de las pocas a las que entro si algo me está aguardando.
El librero me preguntó:
—¿No viste los libros de Fernando Soto Aparicio que estaban ahí?
—No recuerdo. Creo que no.
—Estaban autografiados. Vino otro librero y se los llevó.
—¡Qué bien para él! Recorrí nuevamente todos los estantes. Tenía tiempo antes de regresar a mi casa. Encontré (entre otras cosas) un libro de Jorge Ibargüengoitia, *Instrucciones para vivir en México*, para un lector barranquillero. Di la vuelta y me detuve en el estante de poesía. Aún estaban dos libros de poesía de Fernando Soto Aparicio (¿no se los habían llevado? ¿Por qué no se llevaron estos?). Uno me llamó la atención: *Motivos para Mariángela*. No tenía pie de imprenta y estaba dedicado: “Para la voz de Lucy Daza Roa, con todo aprecio”. Nada más. Ninguna fecha o lugar.
Lo compré junto con los otros que me hallaron.
Al otro día, jueves, a las cinco de la madrugada, lo ofrecí (junto con otros de poesía de la generación sin nombre) en las redes de la librería. Alguien lo preguntó. Nos quedamos esperando la confirmación de su interés. A las 11:34 alguien más lo preguntó. Le dimos el precio. A las 11:35 lo compró.
El viernes vino a recogerlo junto con su esposa (era la segunda vez que venía; había comprado antes los cuentos completos de Mann). Se lo pasó a ella.
—Mira… por fin…
Su rostro se iluminó. Lo miraba sin creerlo…
No pude evitar preguntarle…
—Llevó cuarenta y ocho años buscando este libro. Antes de que yo naciera, mi papito declamaba. Nació en Tunja y él declamaba en la radio. Cuando estaban escogiendo el nombre, él dijo: “Yo quiero dedicarle a mi hija este libro”. Siempre fue especial para mí, a pesar de que no tuve el nombre de Mariángela. Finalmente, me pusieron el nombre de mi mamita. Me lo leía cuando estaba en la barriguita de mi mami. Él era comerciante y construía edificios, casas y demás. Era muy buen lector. Declamaba hermoso. Un amigo de él lo encontró en una biblioteca en Boyacá (no estoy segura de si era en Chiquinquirá) y le sacó una fotocopia. A todo el mundo le decía: “El libro, el libro…”. Eso es lo único que tenía. Habíamos ido por muchos lugares, por muchas ferias de libros antiguos, y no estaba. Hoy en día mi papi ya no está conmigo, pero no sabe la felicidad que sentí cuando mi esposo me mandó la foto suya. “¡Mira, lo conseguí!”, me dijo. “¡Cómpralo, cómpralo!”, le respondí. La fortuna. Dios nos llamó. Siento una felicidad inmensa. Una felicidad que es como tener a mi papito acá, saber que era algo que él añoraba y quería para mí. Es como si me llegara un regalo. Yo cumplo años el lunes…
Puse mi mejor cara de circunstancia y le dije a su esposo:
—Pudo haber esperado tres días y dárselo de cumpleaños.
—Sí, no lo pensé. Estaba muy emocionado de encontrarlo al fin.
Y, junto con tres libros de Stefan Zweig, se marchó “Motivos para Mariángela”, un libro que, sin haberme sido encargado nunca, tuve el privilegio de hallar cuando correspondía para cumplir el anhelo de un padre para con su hija.
