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Oído en la calle

Álvaro Castillo Granada

04 de junio de 2026 - 05:30 p. m.

Me siento frente al teclado del computador esperando que llegue la primera frase de la columna que quiero escribir. Observo mis dedos sobre las teclas y signos de puntuación, aguardando lo que vendrá: esa luz que me permitirá ver, asombrado, un texto que nace sin saber muy bien a dónde va.

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Tengo la costumbre de escribir en mi WhatsApp frases o diálogos que oigo por la calle. No es que sea un “oreja”, por supuesto. Me gusta poner atención a los demás. Esté conversando con ellos o no. Siempre es más asombroso lo que puedan decir otros que lo que puedo decir yo. A veces me quedo helado (esto último me gustaría que se pudiera escuchar con la voz de Gabriel García Márquez) ante ciertas conversaciones, comentarios o aseveraciones. Tanto que no puedo dejar de pensar que de ellas podría salir una primera frase para transformarse en un cuento. Este propósito generalmente se me olvida o, simplemente, me da mamera. Es tan rotundo lo que escucho, tan contundente, que “lo demás es literatura”. Y no vale la pena.

Mi amigo y primer editor, Luis Toledo Sande, publica con alguna frecuencia comentarios, en su Facebook, bajo el título de “Oído en la calle”.

Estos son algunos de mis “oídos en la calle” (el plural es a propósito) que he conservado. Podrían haberse transformado en parte de una historia mayor o ser un minicuento. Lo sé.

Mejor los conservo puros e intactos. Sin intervenir en ellos. Libres y efímeros como fueron dichos. Recuerdo a casi todos los que los dijeron. A otros no. Y no importa. Lo que vale es que están aquí encerrando un tesoro.

“Yo no voy contigo a ningún lado… Si tú no vienes conmigo, no cuentes conmigo para nada”.

“Yo leo en apariencia”.

“Si tú no lo convences, lo confundes”

“Un día nos vamos a despertar y nos vamos a dar cuenta de que nos jodieron. Los de aquí y los de allá”.

“El aguacero tenía a todo el mundo preso ahí”.

“Tú quieres montarte en todos los trenes… Mira que me he dado cuenta de eso…”.

“Yo miro a la derecha y, lo que me conviene, miro a la izquierda”.

“Yo no pido suavidades para querer”.

“—¿Cómo está la cosa?

—Ahí… ¿Y lo que te dije?

—Si hubiera sabido que el perico era sordo, habría parado el tren”.

“No te hagas el nuevo que tú eres cubano”.

“No es imposible, pero es improbable”.

“No me recuerdo ese nombre… Es que ha llovido tanto…”.

“—Me hace falta que te vayas. No puedes hacer estancia aquí.

—Pero yo no estoy haciendo nada…

—Precisamente por eso”.

“La vida acá está pospuesta. Es como un parque en invierno”.

Cada una de estas frases o diálogos me lleva de inmediato a calles y lugares de La Habana donde permanezco y llevo transcurriendo desde hace más de treinta años.

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