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No tenía planeado ir al centro antes de abrir la librería esta mañana.
Madrugué, como siempre, a las cinco de la mañana. Mi reloj interno me despierta a esa hora (aunque a veces le da por hacerlo antes). En algún momento, después de bañarme y antes de desayunar, decidí ir a la calle 16 (entre la octava y la novena) a buscar y ser encontrado por libros. De un tiempo para acá he vuelto a hacerlo. Me gusta ver y esperar en esos puestos callejeros de libros. Siempre algo se me aparece.
Llegué recién pasadas las 9. Apenas habían armado dos puestos. Casi no había ninguna librería abierta. Entré a una pequeña atiborrada de libros. Di una ojeada rápida. No encontré nada. Pedí permiso para mirar en la parte trasera, detrás de una estantería que divide el lugar en dos. Allí estaban los libros repetidos y los que ofrecían por Mercado Libre. De inmediato lo vi. Estaba en el segundo estante, sobre otro libro: “Elegía como un himno”, de Roberto Fernández Retamar, publicado por Ediciones Unión, en 1999.
Lo tomé y automáticamente lo abrí. Estaba dedicado en la primera página por una letra, pequeña, muy pequeña, que conozco muy bien: “Para Carolina: este, mi cuaderno primero, republicado casi medio siglo después. Con afecto, Roberto. La Habana, febrero/04”. Quedé helado, estaqueado en el suelo, pasmado. Esa “Carolina” fue una mujer a la que amé profundamente. Ese libro se lo dedicó a ella, en mi presencia, don Roberto hace 22 años, en La Habana, cuando presentamos en la librería Ateneo de Línea su antología “‘¿Y Fernández?’ y otros poemas”, publicado por Ediciones San Librario.
¿Cómo llegó este libro acá? Nuestra historia se acabó hace veinte años. No volvimos a hablarnos ni a encontrarnos desde entonces. ¿Lo vendió, lo regaló, lo botó, lo perdió, se lo robaron? ¿Hace cuánto estaba aquí? Y la pregunta más importante: ¿Por qué lo encontré yo? ¿Qué caminos y tiempos tuvieron que cruzarse, coordinarse para llegar a mis manos? ¿Por qué yo, por qué otro no lo vio? ¿Me esperaba? Y si así fuera, ¿para qué?
Son demasiadas preguntas que no tienen ni tendrán respuesta. La que yo amé ya no existe. El que ella amó, tampoco. Soy, ahora, un librero encontrado por un fragmento de tiempo que alguna vez fue algo parecido a la felicidad. Se cruza con este que pronto va a cumplir cincuenta y siete años y no deja de mirar libros, como el que espera el rayo verde abrazado por “la luz, bróder, la luz”…
Lo compré junto a otro libro sobre Cecilia Porras. Llegué a la librería en punto para abrir.
