El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

“Un libro, para mí, es unas horas que me esperan de silencio”

Álvaro Castillo Granada

15 de julio de 2026 - 10:10 a. m.

La primera vez que escuché el nombre de Darío Jaramillo Agudelo fue en 1987. Tenía diecisiete años. Era flaco y tenía pelo. Hacía trabajo popular, por ese entonces, en el barrio San Javier, con los jesuitas. Una muchacha, Sofía Margarita, llevó un libro de poemas suyo, de color verde: 77 poemas. Desde entonces me ha acompañado.

PUBLICIDAD

Fue también uno de los primeros escritores que conocí gracias a mi oficio de librero. No recuerdo en qué momento empezamos a conversar de libros. Me encargaba títulos difíciles de conseguir (una de mis pasiones). Recuerdo a un autor que me pedía con insistencia: David Leavitt. Gracias a él salí por primera vez en un periódico. En La Prensa, de Bogotá, el 14 de enero de 1991. Sus libros habitan mis estantes como una presencia a la cual no he dejado de agradecerle el haber creído en mí, a su manera, cuando empecé en este oficio.

Gracias a la complicidad de Darío Rodríguez, el mayor conocedor de su obra, pude entrar en contacto con la señora Heidy (como él la llama), para proponerle esta conversación sobre la lectura, las librerías y los libreros. Un día después de cumplir 57 años, casi 37 de haberlo conocido, nos encontramos una mañana en su apartamento.

“No estoy leyendo yo; está leyendo mi papá. Me leía muchos libros. Muchos cuentos. Era como un intermediario. Yo no sabía leer. Un juego mío era coger los libros y “leer” lo que yo creía que decían. Estaba dizque leyendo y era inventado ‘aquí dice tal cosa’. El primer libro que yo tuve fue uno que traía varios cuentos de ‘Las mil y una noches’ en versión para niños. Me lo regaló también mi padre. Este fue el primero que me regaló.

Son dos vicios aparte, el ir a una librería y el comprar libros, muy relacionados. Uno tiene la pasión por los libros para tenerlos y para leerlos. Pero no necesariamente uno lee todo lo que tiene. Inclusive hay una relación ahí: son menos los libros que uno lee que los que uno tiene. Y son muchos los libros, además, que se salen de esa categorización. Que uno lee, pero no tiene. A mí me encantaba ir a librerías. Recorría todas las librerías y, más o menos, me las sabía. No trabajé en ninguna ni fui librero. Me apasionaban.

Ser librero es un oficio iniciático. No era trabajar en una librería. Había gente que trabajaba en una librería y nunca se contagiaba. Es una relación muy especial con los libros, de conocimiento. De por dentro de los libros. Eso es, tal vez, lo que hace al librero muy especial. Son gente que los conoce por fuera, para venderlos, pero también los conoce por dentro, para leerlos y para disfrutarlos.

Un libro, para mí, es unas horas que me esperan de silencio”.

Conoce más
Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.