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“Estuvo media vida en la calurosa trastienda, garrapateando su escritura preciosista en tinta violeta y en hojas que arrancaba de cuadernos escolares, sin que nadie supiera a ciencia cierta qué era lo que escribía”, leí en la página 367 de una de las ediciones que aún me acompañan de Cien años de soledad, la cubana de 2007, ilustrada por Roberto Fabelo. Sobre sus páginas están las huellas de mis subrayados de ya siete relecturas. Cada uno corresponde a una nueva manera de leer y entender el libro. Porque este libro ya lo he releído treinta y un veces. Consecutivamente, y sin falta, desde 1997. Hubo dos lecturas anteriores que habitan mi memoria de una manera extraña: la de los 17 y 18 años, cuando aún no estaba destinado a él. Porque, de la misma manera misteriosa, ese “instante raro” del que habla Fina García Marruz, en que un libro está destinado a nosotros, estamos, nosotros, o no puestos para él. Y digo “puestos” en el sentido cubano del término: disponibles y comprometidos.
No siempre sucede esto. Se parece, intento explicarlo, a la idea de los vasos comunicantes que formuló alguna vez André Breton: “la unión dialéctica entre el mundo de la vigilia y el sueño, buscando una realidad superior”. Ser habitado y habitar el libro, circular en él buscando nuevos rumbos, conexiones únicas, percepciones particulares que van formando un cuerpo inmenso en nuestra memoria que no cesa de palpitar: lo leído. Esas dos primeras lecturas no encontraron esa savia que circulara entre ambos. Sólo fue hasta 1997 cuando, en medio del calor sofocante de Cartagena, me sentí parte de ese tiempo que “sufría tropiezos y accidentes, y podía por tanto astillarse y dejar en un cuarto una fracción eternizada”.
Esa “fracción eternizada” es la lectura que nos habita y de la que hacemos parte. La memoria del lector, el “vaso comunicante”, el “campo magnético”. Vaya... a veces se pone uno surrealista...
La cosa es que esa “escritura preciosista en tinta violeta” se quedó guardada en mi memoria como algo nunca visto ni imaginado. Un color de escritura. Como la letra verde de Pablo Neruda.
Hasta que el 18 de diciembre de 2019, en una librería que “parecía un basurero de libros usados, puestos en desorden en los estantes mellados por el comején, en los rincones amelazados de telaraña, y aun en los espacios que debieron destinarse a los pasadizos”, mis ojos miopes y mis manos suaves se detuvieron ante un libro amarillento por el tiempo y por los estragos del sol: El muro, Jean-Paul Sartre, Editorial Losada, Buenos Aires, 1948. Colección La Pajarita de Papel.
En la página 5, bajo el título, un nombre escrito con una “escritura preciosista en tinta violeta”: Ramón Vinyes. Y en las páginas 7, 25, 58, 101, 130, 181, 239 y 292. Un nombre firmado nueve veces, como si esa repetición fuera una manera de quedarse en un libro para el lector que vendrá, sin saber que, “muchos años después”, será un leyenda.
