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8 Aug 2022 - 5:30 a. m.

Cambio de era o periodo de transición

La era que comienza el 7 de agosto inició realmente en 2016 con el Acuerdo de Paz que terminó el conflicto político armado, que terminó a su vez con el monopolio de la centroderecha y así viabilizó electoralmente a la izquierda.

El cambio hacia la normalización de la izquierda en el poder en Colombia tiene un periodo de transición, dividido en dos partes. La primera, que termina, en cabeza de Iván Duque, que fue elegido principalmente para detener el ascenso de la izquierda, pero terminó acelerando su llegada al poder. La segunda, que comienza, en cabeza de Gustavo Petro, que fue elegido principalmente para cerrar dos décadas de hegemonía uribista y demostrar que la izquierda puede gobernar exitosamente.

Si Iván Duque tenía el difícil reto de calzar los zapatos de Álvaro Uribe, Gustavo Petro tiene uno mucho mayor, calzar los de Gaitán, de Rojas Pinilla, de Pizarro y de cientos de luchadores políticos que cayeron asesinados o no lograron derrotar al establecimiento político, porque es el primero en 200 años en romper el control del Estado por parte de las oligarquías, como definía Antonio Caballero la historia de Colombia. Generar confianza en la izquierda, en un país cuya política de los últimos 70 años ha estado determinada principalmente por el temor a su llegada al poder, es un reto inmenso, así los vientos de la geografía y la historia estén de su lado.

La integración plena de la izquierda al sistema colombiano terminará realmente al final del periodo presidencial de Petro, si consigue combinar dos factores aparentemente contradictorios: lograr verdaderos cambios de fondo y conservar la estabilidad y confianza que necesitan los actores económicos, militares, internacionales y políticos para colaborar. Eso requiere de un equilibrismo muy difícil, que probará el talento político y el liderazgo del presidente Petro. Si exagera en la velocidad, la envergadura o la articulación de los cambios, rompe la confianza de los demás factores de poder, que usarán las herramientas de la democracia y el capitalismo para tratar de detenerlo; pero si se modera demasiado para no incomodar, no logrará hacer cambios que realmente impacten la vida de los ciudadanos, especialmente de quienes más los necesitan.

El liderazgo moderno es más exigente para terminar los cambios que para iniciarlos. Ronald Heifetz usa la metáfora de la olla al describir los retos del líder que ha logrado llegar a la posición que buscaba para realizar la visión con que conquistó los apoyos. La olla necesita fuego para cocinar los alimentos, pero si excede el calor, los malogra o hasta estalla la olla. El arte está en saber subir y bajar el fuego en distintos momentos de acuerdo a las necesidades y las posibilidades. El líder mesiánico tiende a usar demasiado calor; el pusilánime, a usar muy poco.

La función de Gustavo Petro no será gobernar, para eso solo necesita la autoridad que ya le otorgó el pueblo; debe liderarlo para que acepte cambiar. El mayor éxito de Uribe fue producir “lo que Antonio Gramsci denominó hegemonía cultural —la captura del pensamiento de una sociedad por parte de un lenguaje político, a tal punto que es adoptado inclusive por quienes no lo comparten—”.

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