Los errores que le costaron la elección al petrismo han sido analizados ampliamente; los de la oposición, no, porque alcanzó a ganar raspando y por la misma falta de autocrítica de los últimos cuatro años.
La cadena de errores tuvo dos etapas. Durante el gobierno, la oposición levantó de la lona a un presidente que llegó a estar por debajo del 30 % de favorabilidad al subírsele al ring de la polarización y responderle de manera equivalente. Eso le permitió a Gustavo Petro radicalizarse para conseguir popularidad. La oposición la tenía fácil: era un gobierno plagado de escándalos de corrupción, con reformas frenadas, crisis de salud, fracaso de la Paz Total, violencia creciente e incapacidad administrativa, pero, con la polarización, permitió que Petro llevara la competencia a la lucha de clases.
La campaña, fragmentada en decenas de candidatos y empantanada durante meses, permitió que creciera oronda la opción menos segura y más radical. La oposición despreció las mejores alternativas que tenía –Paloma Valencia y Sergio Fajardo– que habrían recogido a la derecha y al centro político para ganar con una amplitud mucho mayor a la de Abelardo de la Espriella. En lugar de un candidato que pudiera romper el ciclo de división nacional, la oposición prefirió apagar el incendio de la polarización con gasolina. Después de cuatro años de criticar duramente el divisionismo de Petro, recurrió sin sonrojarse a uno más amenazante.
El resultado refleja los errores. El margen de 0,95 % es más un empate con ganador que una victoria con mandato claro. Por primera vez, los votos del segundo más los votos en blanco superan los del ganador, que también por primera vez son inferiores al 50% del total en una segunda vuelta. Mientras Cepeda subió su proporción de votos de primera vuelta a segunda, De la Espriella bajó. La izquierda pasó de 40,9 % a 48,7 %; la derecha, de 50,6 % a 49,7 %. Los temores sobre el extremismo de De la Espriella empujaron el voto en contra, llevando a Cepeda a crecer más –tres millones de votos– que la “manada” –2,7 millones–.
Ignorar esto y gobernar como si existiera un mandato claro es la primera trampa. Dirán “triunfo es triunfo” para gobernar imperialmente a lo Trump, pero el electorado sabe. Ya se conocen los efectos de un resultado frágil que no resolvió sino que profundizó la división nacional: el del plebiscito de 2016, y en esa elección el No sí alcanzó a pasar del 50 %. Los intentos de desmontar las políticas populares del gobierno Petro se verán insuficientes de mandato.
La otra consecuencia de los errores es que no solamente se ganó con populismo, que justifican algunos porque Petro también lo usaba, sino que se gobernará con populismo, y éste siempre tiende a excesos autoritarios. El discurso de De la Espriella como presidente electo ante el CNE contiene todos los elementos del relato populista: “un triunfo épico porque fue del pueblo en contra de los partidos, en contra de la politiquería y en contra del establecimiento, su dinero y sus medios de comunicación” dijo. Un gobierno que llegó acusando al petrismo de populismo autoritario no puede darse el lujo de superarlo. Si De la Espriella cae en los excesos que le endilgaban a Petro, el expresidente tendrá argumentos que hoy no tiene.
Solo se sabrá en años, pero es posible que Petro haya logrado su sueño: encegueciendo de rabia a la oposición, logró que el establecimiento abandonara el pudor y la prudencia, y escogiera un proyecto político que desviste sus mayores debilidades históricas, las mismas que señalaba Petro pero que ahora se revelarán solas ante el país.