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Álvaro Uribe ganó las elecciones presidenciales de 2018 —con Iván Duque de candidato— porque entendió que el fraccionamiento del sistema político colombiano requería pasar al esquema de coaliciones.
Así como había entendido en 2002, primero que nadie, que el sistema bipartidista hacía agua y se podía desinstitucionalizar la política personalizándola. Que el manejo de las crisis de seguridad y economía generaba las condiciones para reintroducir el caudillismo de mitad del siglo XX, copiando el modelo populista autoritario de Alberto Fujimori y Hugo Chávez.
En 2018, a pesar de que había solicitado a la Registraduría hacer una consulta interna del Centro Democrático, la descartó en el último momento —a diferencia del Partido Liberal— y la reemplazó por la consulta interpartidista con el Partido Conservador y los movimientos cristianos el día de las elecciones legislativas. En contraste con los sectores de centro, que se dividieron aunque Claudia López había sido la primera en promover una coalición, con Sergio Fajardo y Jorge Enrique Robledo.
Uribe tenía razones para entender la utilidad de una coalición. Sin ella hubiera fracasado en el plebiscito por la paz, pues los cristianos de Alejandro Ordóñez y su falsa tesis de la “ideología de género” pusieron la escasa diferencia con que ganó el No. Además, Uribe era autor, en buena parte, del fraccionamiento que había sufrido el sistema político colombiano en este siglo, cuando con su caudillismo aplicó la táctica de divide y vencerás, creando siete partidos políticos nuevos para reemplazarlos luego por uno propio.
El error de Uribe fue creer que las coaliciones bastaban para ganar, que el triunfo era suyo y no necesitaba una verdadera coalición para gobernar. Por imponerle al presidente Duque un insostenible gobierno de partido, está fracasando políticamente el Centro Democrático en el poder. La falta de una coalición amplia hizo que el de Duque haya sido el gobierno de menor gobernabilidad en décadas, que perdieran las elecciones locales de manera estrepitosa y que el desprestigio de Uribe y Duque hoy sea superior al de sus adversarios políticos. Con una verdadera coalición desde el principio, en lugar de una caudillista, Duque no habría desarrollado políticas tan retardatarias ni un discurso tan divisivo. No habría cometido errores tan burdos como las reformas tributarias, la política internacional ineficaz, el manejo doble del proceso de paz, el tratamiento inflexible de la protesta social, las torpes objeciones a la JEP, el salvamento cicatero de la pandemia, entre otros errores que no le permitieron cosechar ninguna victoria histórica y lo debilitaron a tal punto que ahora será diluido en una coalición más amplia y posiblemente tendrá que conformarse con la candidatura a la Vicepresidencia.
El sistema político colombiano está tan fraccionado como el de Perú. Pero puede aprender la lección de ese país. Que las consultas interpartidistas son la vacuna para un sistema político débil y fraccionado —las dos coaliciones que obtengan las mayores votaciones pasarán a segunda vuelta porque el resultado se replicará en primera vuelta— y que, así como cualquier candidato moderado puede ganarle a uno extremista, entre dos candidatos extremistas las elecciones son suicidas.
