Las grandes reformas en una sociedad tienen tres elementos principales: la necesidad, la voluntad y la forma. En una democracia las reformas las hace la sociedad en su conjunto por decisión de consenso o de una mayoría, nunca por capricho o imposición de una minoría.
La necesidad la generan los cambios sociales y económicos; la voluntad, las consecuencias políticas de esos cambios, y la forma, las instituciones. La tendencia de las reformas tiende a depender de la cultura política imperante al momento de expedirlas, pero generalmente ocurren en momentos en que esa cultura política está sufriendo grandes cambios. La que predominó en Colombia durante las últimas dos décadas tendía hacia el antirreformismo, se basaba en los valores de la autopreservación y el recurso a la autoridad, por eso fue tan traumático pasar la reforma de la paz con las Farc. La que viene imponiéndose es reformista, basada más en los valores del cambio y el recurso a las instituciones económicas. Ese tránsito de una cultura política conservadora a una más progresista es lo que está generando tanta incertidumbre. Porque para lograr sus principales reformas el presidente Gustavo Petro necesita un marco político renovado y para eso tiene que atacar primero los pilares de la cultura política uribista.
La necesidad de reformas viene dada por un desbalance entre los cambios de la sociedad y las instituciones en su mayoría estáticas durante las últimas décadas, por un aumento de las expectativas sociales con el crecimiento de las clases medias y el cambio de mentalidad con la paz, por la activación política de los sectores jóvenes de la población, por la crisis socioeconómica que trajo la pandemia. La necesidad les aporta a las reformas el requisito sine qua non de la legitimidad política.
La voluntad de hacer reformas es resultado de unas nuevas condiciones políticas que el excesivo personalismo de la política colombiana no permite apreciar, especialmente la nueva viabilidad de la izquierda después del Acuerdo de Paz con las Farc, la capacidad del populismo de saltarse al establecimiento político partidista, la parálisis del gobierno anterior frente a las demandas de cambio expresadas en las calles y el agotamiento del uribismo como cultura hegemónica. La voluntad política empuja la necesidad de las reformas poniendo en marcha las instituciones. En un sistema hiperpresidencialista como el colombiano, solo el presidente puede conminar a las instituciones, pero su capacidad depende del mandato electoral que tenga y la habilidad para tramitarlo legislativamente.
El tercer elemento es el más importante para la fisonomía de las reformas. Es producto del proceso de negociación entre el presidente y el Congreso, porque ningún mandatario es capaz de imponer cambios institucionales importantes. La mayoría de las reformas a la salud, a la educación, a la justicia de los gobiernos anteriores fracasaron. Influye la capacidad de estructuración del Estado, que en Colombia es muy baja. Petro no se ha enfocado en este aspecto sino en el de voluntad política, dejando los detalles de las reformas al sistema, que delibera y negocia. Se ha preocupado por controlar la agenda pública y mantener el apoyo de su base política para influir más que sus contradictores en el resultado.