Algunos consideran que la semana pasada se aclaró la incógnita de si es posible atajar las grandes reformas de Gustavo Petro.
La conclusión de que es posible detenerlas es precipitada. Aunque para las grandes reformas no hay aplanadora gubernamental en Colombia —a Santos y a Duque se les hundieron las reformas a la salud—, hay diferencias importantes: los votantes por los dos candidatos de segunda vuelta votaron por cambios de fondo, es decir, rechazaron el inmovilismo del gobierno anterior, de su partido y de su candidato presidencial; Petro está aprovechando los primeros meses en que los gobiernos dominan la agenda política y el hecho de que estamos a seis meses de las elecciones locales.
Pero lo importante no es si las reformas son derrotables, sino si conviene hacerlo. La respuesta depende de qué significado histórico se les adjudique a esas reformas. Hay dos significados posibles. El primero, que el triunfo de Petro fue circunstancial, resultado de que la tuvo fácil porque reemplazaba a un gobierno débil y enfrentaba en segunda vuelta a un impostor, y por ende no solo se puede sino que se debe evitar que cumpla con promesas electorales peligrosas que realmente no interpretan a las mayorías. El segundo, que la llegada de la izquierda al poder es resultado de grandes y graves equivocaciones del establecimiento político colombiano, que viene leyendo mal la realidad del país por estar enfrascado en un temor retardatario que lo ha inmovilizado. Lleva años enfocado en evitar toda reforma de fondo, basado en una adoración ciega de las tesis neoliberales, en un temor a que cualquier cambio sensible lleve a una venezolanización y en un conformismo incomprensible frente a las graves plagas colombianas —la ilegalidad, la inequidad, la impunidad y la informalidad— en las que somos una de las potencias mundiales.
Ante el triunfo de Petro como resultado de esa ceguera histórica, el establecimiento está empezando a aceptar que se requieren algunas reformas, pero pretende ingenuamente que el presidente las haga de la manera conservadora como no se atrevió a hacerlas ese establecimiento cuando tenía el poder, en el gobierno de Iván Duque. En 2018, cuando Petro obtuvo ocho millones de votos, era evidente que la única forma de competirle en 2022 era haciendo reformas —tan necesarias como la pensional, porque tres de cada cuatro colombianos no tienen pensión—, más cuando muchos sectores las pedían a gritos en la calle. Era claro que si estas no se hacían sería muy probable que Petro las hiciera, más radicales.
Detener las reformas de Petro porque no coinciden con la visión de centroderecha en los temas económicos es insistir en el error que facilitó la llegada de la izquierda al poder por primera vez. Ignora que Petro ya derrotó ese inmovilismo y, si no consigue cumplirles a sus electores jugando dentro del sistema, como viene haciendo, responsabilizará a ese sistema y se profundizará la división de la sociedad colombiana. En términos de popularidad y elecciones, podría ser más conveniente para el presidente regresar a la estrategia de atacar al establecimiento —con la que ganó— que desgastarse en negociaciones impopulares con otros partidos. Los responsables del triunfo de Petro son quienes ahora más insisten en su error. El camino es negociar.