UNA VEZ PASE EL MERECIDO OPTImismo producido por el triunfo de Barack Obama, quedará la fría realidad de la política. La de los obstáculos y las limitaciones. La política que siembra ilusiones durante las campañas, y cinismo durante los gobiernos. La que tiende a frenar, más que a impulsar los verdaderos cambios.
La gran pregunta que deja la elección de Barack Obama es ¿cuál es su mandato? ¿Es uno de cambio profundo, de desmonte de la Era Reagan, de giro hacia la centro izquierda? ¿O el mandato consiste simplemente en resolver los problemas generados por George W. Bush, especialmente en materia económica y militar, pero sin nuevos rumbos ideológicos?
Si Obama mira detenidamente las encuestas de boca de urna y las postelectorales, la respuesta es la segunda. Al setenta y cinco por ciento de los votantes les preocupa que Obama “cambie demasiado las cosas”. Setenta por ciento piensa que es muy importante que el nuevo presidente demócrata trabaje mancomunadamente con los republicanos. Sesenta y dos por ciento sostiene que Obama debe incluir republicanos en su gabinete.
Si Obama recuerda el fracaso electoral de Bill Clinton en 1994, por haber timoneado hacia la izquierda, en buena parte empujado por las mayorías de su partido en el Congreso, también concluirá que le conviene no magnificar su mandato.
Pero la respuesta será la primera si mira a presidentes como Franklin D. Roosevelt, que utilizaron las difíciles coyunturas históricas que les correspondieron, para transformar profunda y positivamente a su país. También si entiende su triunfo como un compromiso moral con el verdadero cambio que prometió. Pero sobre todo si medita sobre la frustración histórica que significaría para su país y para el mundo, que la llegada al poder de un hombre de condiciones tan excepcionales como las suyas, se malgastara en continuismo.
En realidad no se sabrá cuál es el mandato, hasta que Obama tome un camino y fracase o triunfe con él. Si es un gran estadista, imitará a los grandes revolucionarios que no consiguieron el éxito por sus ideas, sino por su capacidad de ponerlas en práctica. Y su mandato será doble: reemplazar los excesos de la Era Reagan por una política que también favorezca la equidad, presentándole al país medidas motivadas por el pragmatismo y no por la ideología. Cambios revolucionarios sin que en su momento lo parezcan. Porque para garantizar el apoyo popular necesario para implementar cambios de fondo, no puede pretender arrasar con ideas fuertemente arraigadas durante los últimos 28 años, pero para solucionar la enorme problemática que le heredaron esas ideas, debe cambiar profundamente la receta neoconservadora.
Ni más ni menos que aplicar su estrategia de campaña, de combinar una propuesta ambiciosa que parecía ingenua pero resultó inatajable, con métodos sutiles, que lograron cambios electorales profundos, moderadamente. Porque para gobernar con éxito, como para ganar elecciones, se necesita tanto de coaliciones como de sintonía con la historia. Y así como Obama demostró pragmatismo para tejer su coalición, en momentos de prosperidad y paz casi todo conspira contra el cambio, pero en épocas de zozobra y resentimiento casi todo lo favorece.
* Analista político, investigador en opinión pública