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De la Espriella: ¿Luis Bonaparte?

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Alvaro Forero Tascón
27 de julio de 2026 - 05:05 a. m.
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Reflexionando sobre la naturaleza del fenómeno político De la Espriella, pensé en dos elementos: se coló por entre dos fuerzas empatadas –el petrismo y la oposición antipetrista– y lo logró mediante una especie de farsa, mitad ficciones, mitad copias. Ambos conceptos me recordaron el ensayo El 18 Brumario de Luis Bonaparte.

En 1852, Marx escribió que la historia se repite dos veces: la primera como tragedia, la segunda como farsa. Lo dijo pensando en Luis Bonaparte, que ocupó el trono que su tío sin tener su genio ni su proyecto –solo el vestuario, y un país tan cansado de pelearse a sí mismo que le abrió la puerta.

El 18 de Brumario significa la fecha en el calendario revolucionario francés –9 de noviembre de 1799– en la que Napoleón Bonaparte dio un golpe de Estado que puso fin al Directorio. Marx usa el antecedente para analizar otro golpe de Estado: el de Luis Napoleón Bonaparte, en 1851, cuando disolvió la Asamblea y se proclamó emperador como Napoleón III. Obviamente, no se trata de calificar el triunfo de De la Espriella como un golpe de Estado, sino de entender los elementos paralelos de dos hechos históricos incomparables.

El ensayo de Marx plantea que Bonaparte pudo gobernar por encima de la sociedad francesa porque burguesía y trabajadores se habían desgastado tanto peleando entre sí que ninguno lograba imponerse. En ese empate, el gobierno se volvió independiente de todos. Es lo que llevo describiendo como la deslegitimación recíproca entre petrismo y antipetrismo: dos proyectos que se bloquearon enfrentándose, dejando el espacio para que surgiera un advenedizo. De la Espriella no ganó por tener un proyecto de país estructurado y propio, tanto que lo llamó “patria milagro”, sino porque una oposición antipetrista fraccionada, cantaletuda y sin ideas le cedió el espacio, y porque Álvaro Uribe no confiaba en derrotar a su archienemigo Cepeda con una candidatura institucionalista, y jugó disimuladamente a tener también un candidato populista en línea con la moda ultraconservadora mundial.

La farsa consiste en que la candidatura de un “tigre” fue un vestuario copiado de Bukele, Trump y Milei, un sancocho populista para suceder el proyecto político de Álvaro Uribe mediante el extremismo. Repetir los abusos del concepto de autoridad de Uribe con uno más extremista y desfachatado, al amparo del desenfreno retardatario mundial.

El ensayo explica que el poder ejecutivo, apoyado en el ejército y la burocracia, termina independizándose de la sociedad a la que debería representar, gobernando por decreto y tratando cualquier control institucional como sabotaje de una élite ilegítima. Ese es el mecanismo por el que la autoridad se desliza hacia el autoritarismo sin parecer un quiebre.

Cómo Luis Bonaparte, De la Espriella dice no representar a ninguno de los dos bandos, aunque claramente representa los intereses de uno de ellos. No se sabe si De la Espriella mantendrá el discurso contra “los de siempre” para conservar su fuerza populista, así favorezca sin recato los intereses de “los de siempre”, mucho más que presidentes equilibrados como Santos.

El riesgo no es solo que la farsa se sostenga: un despliegue incesante de posturismo, controversias y símbolos para mantener la popularidad presidencial sin que se traduzca en beneficios reales para la gente. Sino que escale en excesos que profundicen la fractura del país.

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