DURANTE EL APOGEO RECIENTE DEL neoconservatismo norteamericano, Karl Rove, el estratega de los triunfos políticos de George W. Bush, aseguraba que ese fenómeno político había generado un cambio estructural en la sociedad estadounidense, que duraría tres décadas. Tenía elementos para sostenerlo.
El Partido Republicano había cerrado la brecha que tradicionalmente favoreció a los demócratas. Las dos Cámaras del Congreso estaban en manos republicanas. Las cortes tomadas por juristas elegidos por Bush que durarían décadas en sus cargos. Pero sobre todo, los “temas republicanos” de seguridad, reducción del Estado y menores impuestos, se habían apoderado de la agenda electoral, generando una supuesta conservatización del norteamericano promedio. Atrás había quedado la lucha de clases, y los temas afines a la centro izquierda, como el desempleo, la salud y la educación.
Cuatro años después no sólo se ha roto el mito de la invencibilidad republicana, sino que ese partido está doce puntos por debajo del Demócrata en las encuestas, el tema de la seguridad se volvió en su contra, la intervención del Estado está a la orden del día, y los norteamericanos asocian la avalancha neoconsevadora con corrupción, mentiras y quiebra económica. Los “temas demócratas” están mandando la agenda electoral.
A pesar de sus particularidades, el fenómeno de Bush revela la fragilidad de las hegemonías prematuras, que desconocen el hecho de que en las democracias modernas la hegemonía sólo es posible subvirtiendo los principios democráticos, como en Rusia. La monopolización de la agenda pública que consiguieron el bushismo y el uribismo se produjo por la manipulación del fenómeno coyuntural del antiterrorismo. La destorcida de la popularidad de Bush, porque dilapidó sus rendimientos políticos en extremismo ideológico. En excesos militares en Irak, en excesos de desregulación económica, en excesos de poder de su partido.
Las condiciones políticas que generaron el huracán uribista también están desapareciendo. Algunos dirán que como producto del éxito de las políticas aplicadas desde 2002. Otros que como resultado del fracaso de esas políticas. Pero el cambio de condiciones también obedece a factores ajenos al Gobierno. Tan ajenos, como ajenas fueron las dos columnas de la bonanza política uribista: Los buenos vientos económicos internacionales y El Plan Colombia.
El hecho es que las elecciones presidenciales de 2010 se adelantarán en medio de condiciones económicas mucha más difíciles que las que imperaban en 2006. Y es posible que dentro de dos años las aspiraciones de los colombianos no se limiten a la seguridad, sino que después de ocho años de esperar infructuosamente a la rendición de las Farc, incluyan la paz. Pero hay otro fenómeno que está incubándose silenciosamente bajo la burbuja de popularidad del uribismo, que puede erupcionar rompiéndola: la saturación de la sociedad colombiana frente al grado de criminalización de la política y de la vida pública en general. No hay que olvidar que el pilar fundamental del uribismo, y de las movilizaciones políticas recientes, es la indignación.
Barack Obama va a ganar las elecciones por cuenta de una guerra estancada, una economía en bajada y un oficialismo corrupto. Las mismas razones que le dieron la reelección a George W. Bush, sólo que al revés.
* Analista político, investigador en opinión pública.