El uribismo intentó hacer un gobierno de partido en 2018. Como en las épocas del bipartidismo en que el Estado era el botín del partido que ganaba las elecciones. Pero gobernar requiere gobernabilidad y esta necesita mayorías.
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Además del interés de acaparar el control burocrático, el partido de gobierno temía darles participación a partidos que satanizó durante el gobierno anterior, acusándolos de élites políticas corruptas que en coalición con Juan Manuel Santos “les habían entregado el país a las Farc”, les habían robado las elecciones de 2014, eran cómplices de Maduro, etc. Y temían que hacerlo implicaba usar abiertamente la “mermelada”, la otra columna del planteamiento populista con que habían atacado ferozmente al gobierno anterior. Existía el riesgo de que se entendiera que habían capitulado frente a Juan Manuel Santos, que mantenía ascendencia sobre el Partido de la U; César Gaviria, jefe del Partido Liberal, y Germán Vargas Lleras, jefe de Cambio Radical.
La falta de gobernabilidad se agudizó cuando se desfondaron las encuestas de favorabilidad presidencial y del expresidente Uribe, el partido de gobierno perdió por goleada las elecciones locales, y se disparó la protesta social en las calles. El presidente se encontraba en la disyuntiva de que la no mermelada era su política más popular, pero la “amenaza” del crecimiento de las protestas y la agudización de la oposición de Gustavo Petro justificaban ante muchos que si el Gobierno no tenía popularidad, se apoyara en los partidos políticos.
La solución fue el charismo. Con los votos que controlaba en el Congreso, le permitió al presidente contar con una mayoría tenue y la fuerza para negociar con Germán Vargas y el Partido de la U. Esa alianza se ha profundizado rápidamente, a tal punto que hoy el Gobierno no tiene un gran socio, sino dos: el Centro Democrático y la casa Char.
Con los Char, Duque pasó de ser un presidente débil a poderoso socio en el Congreso y en los órganos de control. Hoy tiene ascendencia sobre la Fiscalía, la Defensoría del Pueblo, la Contraloría, la Procuraduría, la Registraduría, el Consejo Electoral y la Comisión de Disciplina Judicial. Terminó convirtiéndose en uno de los presidentes con más poder sobre el Estado y los políticos, gracias a que negoció la paz entre populismo de derecha y clientelismo. Con el uribismo y el Gobierno sin candidato ni fuerza para las elecciones de 2022, con el centro controlando capitales estratégicas y Sergio Fajardo y Claudia López siendo los políticos más populares, y con Gustavo Petro encabezando encuestas de intención de voto, el uribismo recurrió a la fórmula de 2006 de unirse con sus recientes enemigos, los partidos clientelistas, sin sonrojarse. Con los Char ya lo había hecho desde las elecciones presidenciales, porque son los únicos que le compiten a Petro en el Caribe.
El charismo representa el clientelismo 2.0, porque lo combina con popularidad. El modelo costeño. Y con respaldo empresarial y de entretenimiento. Con Duque controlan dos ramas del poder, pero no la justicia. Su talón de Aquiles es Aida Merlano, por quien la Corte Suprema tiene procesado al presidente del Congreso. Por eso es tan estratégica la próxima procuradora. Aunque el Consejo de Estado admitió una demanda contra su elección.