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El vacío moral que alimenta la elección

Alvaro Forero Tascón

09 de marzo de 2026 - 12:05 a. m.

Michael Sandel lleva décadas advirtiendo sobre una trampa del liberalismo contemporáneo. Cuando las democracias reducen la política a procedimientos técnicos y evitan discusiones morales sobre el bien común –bajo pretexto de respetar el pluralismo– crean un vacío. Ese vacío lo llenan inevitablemente los populismos con narrativas de resentimiento, promesas de venganza, moralismos binarios entre pueblo puro y élites corruptas. La retórica meritocrática (“estudia y triunfarás”) genera arrogancia en ganadores que esconden sus ventajas estructurales, y humillación en perdedores que internalizan el fracaso como culpa propia. Esa humillación acumulada es combustible electoral para quien prometa revancha.

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Colombia construyó ese vacío moral. La promesa meritocrática de la Constitución del 91 –estudia, trabaja, triunfarás– se estrelló contra la crisis económica y de seguridad del cambio de siglo. Unos colombianos se iban por falta de dinero, otros se sentían encerrados por la inseguridad. Con populismo, Álvaro Uribe responsabilizó a la clase política corrupta y a las FARC, y centró el bien común en la seguridad. Pudo sacar de la ecuación los dilemas sociales gracias a que su gobierno coincidió con una explosión de crecimiento económico de Latinoamérica que duró más de un lustro. Pero ese énfasis en la seguridad como único bien común permitió profundizar la inequidad del sistema económico sin debate moral sustantivo. Cuando la bonanza terminó, la seguridad se normalizó y la pandemia profundizó los problemas sociales, quedó expuesto un nuevo vacío: millones que recuperaron seguridad y paz nunca accedieron a dignidad económica. Petro llenó ese vacío replicando la fórmula desde la izquierda: mismo mecanismo, distinto enemigo.

Lo lógico habría sido que el establecimiento entendiera la derrota electoral de 2022 como un campanazo de alerta, que el sector del país profundamente insatisfecho con el status quo había encontrado por fin un camino para llegar al poder y forzar cambios. Entender que no estaba ante un hecho históricamente menor, mucho menos ante un problema pasajero limitado a la persona de un presidente, sino ante un realineamiento político de fondo que solo podía enfrentarse compitiendo con el proyecto petrista en atraer a los sectores populares. Pero el establecimiento escogió el camino simplista de bloquear a Petro creyendo que era fácil de derrotar. Se enfocó en combatirlo en el cómo –cómo gobierna, cómo es su vida personal, cómo comete errores– sin entender que la batalla histórica era por el qué –qué ofrecer, qué representar, qué cambiar–. Se dejó provocar y se entregó visceralmente a una polarización que le convenía a Petro. Como Uribe en su momento, Petro sí entendió el vacío moral: que podía atacarlo ofreciendo reivindicación social para alimentar la identidad de ciudadanos acongojados, y beneficios económicos tangibles para atacar la inequidad mundialista.

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Sandel identifica dos escenarios. El optimista: la desilusión abre espacio para reconstruir una vida cívica moralmente sensible. El pesimista: ofertas autoritarias consolidan dominio sobre los desilusionados. Tenía razón Sandel, el error fue tratar el problema moral con petulancia burocrática y meritocrática.

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