20 Sep 2021 - 3:00 a. m.

El verdadero enemigo

Uno de los efectos perversos del populismo es reducir los problemas a enemigos, porque pone a las sociedades a perseguir molinos de viento. Son muy pocas las problemáticas sociales reducibles a un solo factor y menos a un grupo de personas. Ni siquiera en materia de violencia o corrupción los problemas se resuelven aniquilando o encarcelando a un único enemigo. Ni cerrar el Congreso derrotó la corrupción política en el Perú, ni derrotar a las Farc resolvía la violencia y el narcotráfico en Colombia, ni expropiar empresarios sacó de la pobreza a millones en Venezuela, ni construir un muro resolvió la inmigración a Estados Unidos.

Para lo que sí fueron muy efectivos esos enemigos fue para generar votos y apoyo político a quienes lograron simplificar las problemáticas de sus sociedades e infantilizar las soluciones. La lógica del enemigo permite construir narrativas fáciles de entender, y, sobre todo, despertar emociones fuertes en el electorado.

Lo negativo de la lógica del enemigo es que genera una percepción falsa de que los problemas están fuera, que se resuelven cambiando a otros y no cambiando nosotros. Cuando la sociedad concluye que es solamente una víctima, asume una actitud complaciente frente a sí misma e implacable frente al tercero culpable.

Como en casi todos los problemas, tenemos alguna responsabilidad nosotros mismos. Trasladarla a otros implica no solo descargarnos de esta, sino cerrar el camino de la solución real. Eliminar o castigar al supuesto responsable, o a quien comparte la responsabilidad con nosotros mismos, solo produce paliativos, elimina el síntoma, pero no resuelve el problema de fondo.

El elemento que hace a la lógica del enemigo la herramienta esencial del populismo —que se basa en representar al pueblo puro contra las “élites corruptas”— es que si el problema se reduce a un enemigo, no requiere de nuestro concurso y puede delegarse, generalmente a un caudillo que no solo reduce el problema a un tercero, sino que simplifica la solución encarnándola. Él y solo él es capaz de resolverlo, solo requiere de la confianza y la devoción de su electorado, y todo aquel que lo enfrenta es un cómplice del enemigo, por ende también debe ser eliminado o castigado.

En términos democráticos, la lógica del enemigo —que se narra en forma de teoría de conspiración— desplaza la responsabilidad política tanto del político como del electorado, generando las condiciones de impunidad política que terminan permitiendo abusos y hasta crímenes, justificados en que el enemigo los hace necesarios o inevitables.

Ni siquiera el tema de corrupción es reducible a unos cuantos enemigos. En países con altos índices de corrupción, esta no se circunscribe a los políticos o a los banqueros, sino que se extiende por toda la sociedad a manera de una cultura aceptada de la corrupción, que empieza desde arriba y se retroalimenta hacia abajo.

Así suene increíble, el principal obstáculo a las reformas que se requieren con urgencia para combatir las cuatro plagas colombianas —la ilegalidad, la iniquidad, la impunidad y la informalidad— es la narrativa populista de que los problemas se reducen a unos cuantos enemigos: las Farc y los políticos que les entregaron el país, por una parte, y el narco-Estado paramilitar, por la otra.

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