Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Quienes critican que no haya habido declaración final en la Cumbre de las Américas en Cartagena, creyendo que se trató de un fracaso de Colombia, están equivocando el diagnóstico.
En Cartagena sí se expidió una declaración, sólo que informal, en la que se oficializó el fin de la hegemonía estadounidense en América Latina. El florero de Llorente fue Cuba, y no por casualidad, sino porque el bloqueo a la isla es el símbolo más fastuoso del poder omnímodo del que gozó Estados Unidos en el hemisferio durante dos siglos, desde que se expidió la Doctrina Monroe (1823) —que se agudizó luego cuando Teodoro Roosevelt planteó el llamado ‘corolario Roosevelt’ en 1904—, avanzando la vocación hegemónica de ‘América para los americanos’ a zona económica exclusiva. Por eso, el tema del bloqueo político a Cuba —que es aún menos justificable que el económico, porque Estados Unidos promocionó durante décadas a todos los dictadores del subcontinente dentro de la OEA—, se convirtió en un asunto irritante para los gobiernos latinoamericanos que están reclamando un nuevo estatus para la región.
La falta de declaración final fue resultado de la decisión de EE.UU. de renunciar a mantener un liderazgo regional, que requería proponer una visión para el continente que acomodara la nueva realidad política y económica, en lugar de resignarse a imponer un veto. Veto que le funcionó para evitar desgaste político interno, pero que puso de manifiesto no sólo su falta de influencia, sino de recursividad diplomática. Obama podría haber intentado una apertura hacia la región como la que hizo en el mundo árabe para evitar que la brecha política continuara profundizándose. Pero como en casi todos los temas de su gobierno, prefirió no avanzar por temor al castigo político de los republicanos, manteniéndose a la defensiva. En realidad, el obstáculo no está siquiera en el electorado estadounidense, pues una encuesta reciente reveló que más de la mitad de los norteamericanos ya no apoya el bloqueo económico a Cuba, sino la ruidosa minoría cubana de Florida que mandó al senador Marco Rubio —potencial fórmula vicepresidencial republicana— a vigilar a Obama.
Después de la Cumbre se vio que las amenazas de boicot de los países del ALBA eran reales, y que Colombia le evitó una mayor humillación a Estados Unidos gracias a las buenas relaciones de Juan Manuel Santos con Hugo Chávez, quien para evitar golpear a Colombia, aceptó la salida decorosa a cambio de que Santos viajara a Cuba, y de que el tema del ingreso de ésta a la próxima cumbre, se tratara abiertamente. Bajo esta condición aceptó no sabotear la reunión. Tan crítica fue la gestión colombiana, que el titular fue la falta de declaración y no que Obama había sido rechazado por medio continente, porque un boicot podría haber incluido también a Argentina, Paraguay y varios países del Caribe.
Es posible que Obama haya comprado tiempo, buscando que para cuando llegue la próxima cumbre, dentro de tres años en Panamá, el antagonismo a su país haya bajado de nivel en la región. Pero también es posible que la falta de liderazgo suyo en la cumbre de Cartagena, agudice el desgaste de Estados Unidos en el subcontinente, y además de sentarse junto a Castro, tenga que someterse al incendio que no sofocó en Cartagena.
