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Alvaro Forero Tascón
14 de noviembre de 2007 - 10:44 p. m.
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Hay dos tipos de victorias políticas. Las que se obtienen representando el interés general, y las que se logran aglutinando intereses particulares. La primera victoria de Álvaro Uribe, y las de Mockus, Peñalosa y Garzón, fueron esencialmente del primer tipo. La reelección de Uribe, y el triunfo de Samuel Moreno, del segundo.

La política será siempre el campo de batalla en el que los distintos sectores sociales forcejean para imponer sus prioridades. Pero no por ello, debe reducirse a piñatas y revanchas de los ganadores. Lo deseable es que los victoriosos ejecuten políticas equitativas, para que la sociedad funcione armónicamente, y no en medio de la desconfianza y el conflicto. Para ello es necesario que el gobernante trabaje en función del interés general, y no de los intereses estrechos de quienes lo eligieron, así éstos sumen una mayoría.

Las administraciones de Peñalosa, Mockus y Garzón tuvieron énfasis diferentes, y atendieron prioridades distintas. Sin embargo, todas defendieron el interés general por encima de los innumerables grupos de interés que los presionaron y amenazaron, lo que les ganó el reconocimiento como gobernantes justos y honorables. Y con ellos, Bogotá alcanzó un consenso social maravilloso, que estimuló no sólo la confianza pública, sino el mejoramiento social y el crecimiento económico.

No sucedió lo mismo en las recientes elecciones. A Samuel Moreno lo eligió una confederación de intereses particulares, articulada sigilosamente. Los empleados del acueducto y sus familias votaron por Moreno para que elimine la competencia de trabajadores menos costosos que ellos, los transportadores para mantener sus buses transitando por la carrera séptima, los socios del Country para mantener su predio. Y los taxistas, para que Peñalosa no les quitara los taxis, como aseguraba la verdadera propaganda negra.

Para hacer aprobar su reelección, el Presidente impulsó programas asistencialistas y asumió compromisos con los sectores políticos mayoritarios. Reemplazó la gobernabilidad basada en un consenso para enfrentar la violencia y la politiquería, por una soportada en el clientelismo y las prebendas. Familias en acción para sectores populares, rebaja tributaria para los más ricos, y ministerios para los aliados.

 Al Polo le sucedió con Moreno, lo mismo que a Uribe. Desgastada la bandera que lo eligió la primera vez, recurrió al menudeo. A prometer, aun en contravía de los ideales. Comprometiéndose con causas como construir un metro que consumiría los recursos de la inversión social, y no hacer un parque en el Country.

No hay nada malo con favorecer determinados sectores, especialmente los más débiles, como hicieron Garzón en Bogotá y Fajardo en Medellín. Tenían un mandato para hacerlo, porque habían convencido a la ciudadanía de su necesidad y conveniencia. Es decir, promovían el interés general. Pero no es lo mismo ofrecer aumentar impuestos para invertir en la ciudad, como Mockus, que relevar a los propietarios de automóviles de mantener la malla vial, obligando a todos los ciudadanos a hacerlo, como Moreno.

La campaña reeleccionista del Presidente, y el triunfo de la concepción anapista del poder en Bogotá, pueden acentuar la tendencia actual hacia la polarización, en que las minorías feroces se imponen sobre las mayorías silenciosas. Y abrir el partidor de un nuevo populismo, que ya no se limita al discurso, sino que ofrece y reparte los recursos públicos en función del beneficio electoral y no de la conveniencia pública o la realidad fiscal, como en el caso del metro. Una carrera de quien ofrezca más y a más grupos de interés. Premiando al que polariza, y castigando a quien representa sectores mudos de la sociedad, como los niños.

 Samuel Moreno ha demostrado de sobra sus habilidades políticas. Aún no ha arrancado a gobernar y ya tiene contra las cuerdas al Presidente con el metro, como hizo con Peñalosa definiendo la campaña desde antes de que empezara formalmente, entre arrogancia contra simpatía, y entre bolardos contra sensibilidad social. Pero el éxito de su Alcaldía quizás dependa más de su transparencia que de sus rápidos reflejos. De si traiciona  algunos de los intereses particulares que lo eligieron, en beneficio del interés general. De si se comporta más como un funcionario público, que como uno privado.

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