En el primer balconazo Gustavo Petro advirtió sobre las consecuencias de lo que considera el rechazo a su oferta de un pacto social. Sería la negativa de los partidos tradicionales a apoyar su reforma a la salud, por lo que procedió a romper con los jefes de los partidos de la coalición.
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La oferta de pacto social era importante por dos factores: provenía de un gobierno que derrotó en las elecciones a un establecimiento político que había considerado ilegítimo desde la oposición y representaba la oportunidad de hacer reformas que se venían aplazando desde hace mucho, como la pensional. Encarnaba una muestra de pragmatismo de un presidente que se creía que gobernaría con dogmatismo desde el primer día y una oportunidad de relegitimación para un sistema político conformista que, por no combatir las cuatro grandes plagas colombianas —la ilegalidad, la impunidad, la inequidad y la informalidad—, le facilitó el triunfo a su temido contradictor. Tenía otra ventaja, permitir tramitar reformas sin una confrontación política tan agria como la que se dio por la reforma de la paz con las Farc.
Quedan dos preguntas.
Si la ruptura del pacto social es definitiva o por ahora es solamente con los jefes de los partidos de la coalición y otras “élites” como el nuevo presidente de la Federación de Cafeteros. La respuesta se conocerá en el balconazo del 1° de mayo.
Y si la reforma a la salud es la reforma adecuada para medir la voluntad del establecimiento de aceptar cambios. Porque a diferencia de una reforma como la pensional, en que nadie se atreve a defender el actual sistema, que deja por fuera al 70 % de la población objetivo, la de salud genera temores en muchos sectores de la sociedad. Existe la posibilidad de que frente a esta reforma los partidos tradicionales estén ejerciendo una función de representación de una parte de la ciudadanía. Es inevitable que un cambio grande del sistema de salud les produzca zozobra a millones de ciudadanos, que ante la duda prefieran abstenerse.
La propuesta de reforma a la salud de Clinton no tuvo éxito y la de Obama sí, en parte porque era menos ambiciosa y no tocaba a quienes ya tenían seguro de salud. Las estipulaciones aplicables a todo el mundo, como la obligación de cubrir preexistencias, no eran controversiales sino populares. Seguramente la reforma colombiana viable es una con más énfasis en cambiar las condiciones de quienes tienen un mal servicio de salud, que las condiciones de quienes están satisfechos con el suyo. Uno de los problemas de la reforma es que no ha aparecido una voz conciliadora y conocedora que proponga la arquitectura que acomode los principales objetivos reformistas del Gobierno y las preocupaciones preservacionistas de los defensores del sistema actual.
Si la respuesta fuera que la reforma a la salud no puede medir eficazmente la viabilidad del pacto que ofreció Petro, se podría esperar a ver el destino del proyecto pensional. Los cambios del gabinete, aunque les devuelven el jaque a los jefes de los partidos Liberal, de la U y Conservador, tienen la sutileza estratégica para permitir nuevos entendimientos antes de un fatídico jaque mate.
Los presidentes piensan en pasar a la historia … o en que su partido gane las próximas elecciones.