ALGUNOS CRITICAN A LA OPOSIción por no enfrentar radicalmente al Gobierno. Olvidan que la oposición, y en especial el liberalismo, se ha visto obligado a adoptar una postura responsable para no concederle más oportunidades al Gobierno de desplegar la ferocidad política con que polariza y atiza la peligrosa intolerancia política que vive la sociedad colombiana.
El presidente Uribe ha convertido la política en un espectáculo de imágenes y emociones, en que los argumentos fríos y razonados de la oposición calan poco o se devuelven en su contra. Las críticas de la oposición sólo tienen eco en los medios de comunicación cuando el Presidente las enfrenta vehementemente para llevarlas a un plano emotivo y voltear la discusión.
Pero las dificultades para ejercer la oposición no se deben exclusivamente a los reflejos políticos rápidos, ni a las tendencias caudillistas del Presidente, sino a una tradición política colombiana. Desde hace décadas se la enfrenta con violencia, con limitaciones jurídicas, con transfuguismo clientelista. La intolerancia a la oposición es la raíz de la violencia colombiana, y no al contrario. Intolerancia que empezó con el asesinato de Gaitán, siguió con la confrontación partidista, continuó con la dictadura, se institucionalizó con el Frente Nacional y se congeló en el tiempo con la lucha antiguerrillera. El presidente Uribe es el instigador moderno de esa tradición, recurriendo constantemente a acusar a la oposición y a las instituciones independientes de respaldar el terrorismo, por el hecho de controvertirlo políticamente o de aplicarles la ley a sus aliados.
La intolerancia política también se ha agudizado en los ciudadanos. El Presidente logró alinear tan finamente su discurso político con los anhelos y valores de los colombianos, que éstos consideran que sus intereses personales están atados al éxito de Uribe, y por ende perciben los cuestionamientos al Gobierno como un desafío a sus propios valores.
A esto contribuye la sobresimplificación de la situación del país, producto del relato uribista. Según esa narración, los problemas del país, desde la economía hasta la política, se derivan de la violencia guerrillera y el desgobierno, y se solucionan con mano firme. Por lo tanto, cualquier crítica al Gobierno es vista como enemiga de la salvación. Esa caricaturización ha reducido la política a los resultados. Cuando la oposición cuestiona los métodos, aparece violando un pacto social implícito de cederle al Presidente derechos democráticos, a cambio de seguridad y crecimiento económico.
En un momento político dominado por el alineamiento colectivo frente a la guerra, es poco lo que puede hacer la oposición. Sólo le quedan las opciones de esperar el advenimiento de un hecho capaz de reconfigurar el panorama político, o responderle al Gobierno con el mismo efectismo populista. Pero en una época de tanta intolerancia, el segundo camino seguramente generaría una reacción tan feroz del Gobierno, que podría terminar empujando a la frágil democracia por el despeñadero. El Polo Democrático está dando muestras de ecuanimidad, y César Gaviria de sentirse obligado a construir la baranda frente al despeñadero.
* Analista político e investigador en opinión pública.