La estrategia de Álvaro Uribe para las elecciones presidenciales podría denominarse 2 x 2: dos candidatos, dos etapas. Combina populismo, clientelismo, centrismo y caudillismo. Obedece a que Uribe tenía dos problemas grandes que resolver.
El primero, que un candidato moderado de derecha que concentrara el apoyo de los partidos tradicionales y el miedo al “castrochavismo”, como Iván Duque, ya no funciona. Fracasó con Federico Gutiérrez: lo derrotó otro candidato populista de derecha que ofrecía cambio contra la élite política. Para evitar que, como en 2022, un outsider populista lo superara en las últimas semanas ofreciendo emoción, Uribe lanzó dos candidatos: uno institucionalista como Duque y Fico —Paloma Valencia— y otro populista como él en 2002 y Rodolfo en 2022 —Abelardo de la Espriella—. Para evitar la amarga experiencia de 2022, apostó a ganar con cara y con sello.
Así evita tener que votarle gratis a otro candidato, como le tocó con Rodolfo Hernández, que de haber ganado habría sido autónomo. Ahora busca que, si De la Espriella pasa a segunda vuelta, tenga que pactar compartir el gobierno con él, porque los votos que necesitaría para ganar serían los que obtenga en primera la candidata del Centro Democrático.
El segundo problema es que un candidato populista como De la Espriella es eficiente en primera vuelta, pero frágil en segunda, porque no logra consolidar el voto de centro, especialmente el de centro izquierda. Para este problema diseñó la candidatura de Paloma. Ella, a diferencia de María Fernanda Cabal, tenía las dos características requeridas: muy uribista pero adaptable, para marcar el voto del partido e intentar atraer votos de centro. Lo segundo no era tarea fácil, pero con candidatos de centro derecha —como Galán, Luna y Cárdenas— y uno tolerable para parte de la centro izquierda —Oviedo—, Paloma podía intentar dos cosas: frenar a Fajardo y a Claudia, y lograr que sus votantes de centro llegaran lo suficientemente resignados a segunda vuelta como para votar por De la Espriella tapándose la nariz. Rodolfo perdió una parte de esos votantes en segunda vuelta cuando vieron que no representaba en realidad cambio porque recibía disimuladamente el apoyo de los politiqueros, y de Uribe, que representa el poder en Colombia.
La pregunta es si la estrategia es inteligente. Lo es si uno acepta la premisa de Uribe: que, al haber construido este sistema político bicaudillista, tiene derecho a seguir poniendo presidente propio, como ha hecho en cuatro de las últimas seis elecciones. Porque lo realmente inteligente sería permitir que un candidato no uribista y no populista derrotara con facilidad al petrismo, recogiendo el apoyo entusiasta del centro político, de la centro izquierda y centro derecha y, por descarte, el de la derecha. Porque esta complicada ingeniería 2 x 2 solo es necesaria porque Uribe trata de imponer un presidente de extrema derecha.
Porque la verdadera pregunta es si el traslado de votos centristas de Paloma a De la Espriella funciona. Si los votantes de Oviedo, y quienes valoran a Paloma más allá de su perfil uribista, estarán dispuestos a votar por un candidato tan extremo como De la Espriella. Y, sobre todo, si Paloma logra despojar de sus votantes fieles a Fajardo y Claudia. Si estos conservan los porcentajes que muestran hoy las encuestas, es difícil imaginar que esos votantes migren hacia De la Espriella.
Al final, la evaluación de la estrategia de Uribe consiste en si supera o no la trampa que le puso Petro: polarizar tan duro que Uribe mordiera el anzuelo de impulsar un candidato tan radical que dividiera al centro político y neutralizara las mayorías antipetristas.