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Las redes sociales son populistas, ¿la IA también?

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Alvaro Forero Tascón
06 de abril de 2026 - 05:05 a. m.
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El Financial Times publicó un argumento del que estoy convencido hace años: las redes sociales son populistas.

Por su contenido y sus efectos. El ciclo fértil del populismo en el mundo desarrollado coincidió con la masificación de Facebook, Twitter y TikTok. No es casualidad: ambos fenómenos polarizan, deslegitiman, simplifican, transgreden y amplifican las voces más radicales. Las redes prometían el foro donde el pueblo puro se expresaría sin intermediarios; terminaron siendo el campo de batalla de líderes populistas y sus fanáticos. Como el populismo, el algoritmo no busca convencer: busca movilizar.

Llevo años estudiando el populismo, sobre todo a través de sus orígenes modernos en el laboratorio más rico del mundo para ese fenómeno: el Área Andina. No sería un experimento notable si solo hubiera reproducido el populismo latinoamericano de izquierda, con Chávez, Morales y Correa. Pero fue también la semilla de lo que hoy domina la política global: el populismo de derecha, que en su forma contemporánea nació con Alberto Fujimori y se sofisticó con Álvaro Uribe.

El populismo lleva siglos y tiene vida propia, pero siempre ha necesitado un medio de difusión: Perón lo entendió con la radio. A las redes sociales las precedió la televisión por cable: desde 1996, Fox News masificó la propaganda de derecha radical y captó antes que nadie la lógica populista, hasta el punto de nombrar en el directorio de News Corporation a un personaje del tercer mundo que disimulaba su populismo, pero lo encarnaba: Álvaro Uribe en 2012, quien desde antes de Twitter hablaba en frases de 140 caracteres.

Las redes se volvieron populistas cuando adoptaron el algoritmo. Su rentabilidad económica opera por el mismo principio que la utilidad política del populismo: no persuadir sino movilizar a quienes siguen, comentan y replican las cuentas más “emocionantes”. Los medios corren ese mismo riesgo: cuando se borra la línea entre información y opinión, la siguiente en caer es la que separa opinión de propaganda.

En el Financial Times, John Burn-Murdoch sugiere que la IA invierte esa lógica. Un chatbot no viraliza. No tiene algoritmo de engagement. No amplifica lo que genera más clics. Cuando alguien le pregunta algo a Claude o a ChatGPT, recibe una respuesta calibrada para ser precisa, no para provocar reacción tribal. En ese sentido se parece más a una enciclopedia que a una red social. Y, sin embargo: los memes y videos que inundan las redes para manipular usuarios se producen con Inteligencia Artificial. Los chatbots sugieren redacciones “más contundentes” que suenan a populismo burdo. La revista Time señala que en la guerra en Irán los gobiernos se comunican con memes y animaciones que toman el lenguaje visual de los videojuegos.

El Financial Times dice que la IA se parece más a la televisión que a TikTok, porque crea barreras de entrada altas y favorece a voces expertas y de élite. Que es, estructuralmente, una tecnología tecnocrática, no populista. Veremos, porque hay una alianza entre el populismo de derecha de Trump y los dueños de las grandes tecnológicas, que necesitan expandir su ideología para proteger sus privilegios. El poder de las tecnológicas está en seguir infantilizando al mundo.

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