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Miedo a la paz

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Alvaro Forero Tascón
12 de octubre de 2015 - 02:00 a. m.
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Así parezca incomprensible, algunos colombianos le tienen miedo a la paz.

Sospechan que puede permitir la llegada de las Farc al poder.

Creen que las mayorías en Colombia son proclives al populismo de izquierda, por su pobreza y poca educación política. Sufren de un trauma histórico: la “amenaza” comunista de Gaitán y el infierno del Bogotazo. Agravado por el remedio: un sistema institucional seguro pero atrabiliario, el Frente Nacional, y los bombardeos de los reductos guerrilleros de La Violencia —las supuestas “repúblicas independientes” de Marquetalia, Guayabero y El Pato— graduando así pequeños campesinos insubordinados en las temibles Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia —Farc—.

El miedo a la paz es producto de 50 años en que sólo las armas fueron capaces de evitar la toma comunista del poder. La guerra pasó de ser una monstruosidad, a un factor de estabilidad política. Y de un mal necesario a un activo rentable, cuando se asoció la seguridad con el crecimiento económico.

El conflicto armado interno, y el fracaso del Estado para combatirlo con efectividad, estimuló la concepción de que dadas las particularidades colombianas, no era posible manejar al país por las buenas, siguiendo la receta de la democracia liberal, sino que se requería aplicar un modelo colombiano: formalmente legalista, pero sin límites, así desencadenara en la ilegalidad de las desapariciones, la alianza con los paramilitares, los falsos positivos, etc. Una especie de copia de la combinación de formas de lucha que aplicaban en su contra las guerrillas.

Por eso el temor a cambiar la guerra por participación política de las guerrillas. Algunos sectores consideran que el establecimiento político no tiene la capacidad de derrotar a las Farc en la democracia. Primero, porque éstas no respetarán las reglas democráticas usando sus grandes recursos económicos e intimidando poblaciones. Y segundo, porque el clientelismo y la corrupción del sistema político le restan la legitimidad y la eficacia para enfrentar el populismo de clase.

No confían en la solvencia de las instituciones, ni en los avances sociales y económicos. Creen que los modelos de la Venezuela chavista y de la izquierda en Bogotá continuarán atrayendo a los electores para votar por las Farc. No creen que la clase dirigente sea capaz de imponerle reformas a la clase política para que los partidos y dirigentes puedan tramitar y resolver las demandas sociales. No creen que las reformas económicas en el campo puedan desactivar las tensiones sociales.

No creen posible modernizar el país. Consideran que se debe mantener el statu quo, así el precio sea no poder avanzar hacia una sociedad más legal, más equitativa, más democrática.

Sólo creen en el modelo político colombiano, el del “realismo mágico”: basado en el miedo al “coco”, y por ende adicto al militarismo, al clientelismo, y, en el siglo XXI, al populismo… pero de derecha. Formas sociales primitivas, atarbanas y ventajistas.

Prefieren mantener la sociedad enferma que tenemos, a apostarle a la paz. Como si la única sociedad que tiene que competir con la izquierda fuera la colombiana. Como si la sociedad colombiana fuera una víctima y no la responsable de su presente.

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