ANTE LOS INTERMINABLES ESCÁNdalos que producen el Gobierno y el Congreso, y el hecho de que las principales noticias en Colombia, incluidas las políticas y económicas, aparecen en las páginas judiciales de los periódicos, las minorías se preguntan qué hace que las mayorías se mantengan impávidas moralmente.
Y aún después de siete años, los observadores de la política se preguntan cómo es posible que la favorabilidad del presidente Uribe aumente en medio de semejantes escándalos. Las respuestas que se ofrecen para las preguntas anteriores generalmente olvidan un hecho simple: el proyecto político del uribismo consiste en conseguir un resultado, no en seguir un modelo de comportamiento ético. Parte esencial del atractivo del uribismo es precisamente su descarnado énfasis en los fines y su desprecio por los medios, su capacidad de pasar por encima de todos los obstáculos, aún los institucionales y morales, en procura del “bien superior” de la seguridad. Porque a diferencia de las minorías, las mayorías están convencidas de que respetando los principios democráticos no es posible conseguir derrotar a quienes no respetan esos principios. Que “excesos” como las garantías constitucionales, los diálogos y las concesiones humanitarias, no sólo han impedido el triunfo militar del Estado, sino que son responsables del crecimiento de la violencia.
Las críticas de las minorías, los reclamos de la oposición y las reflexiones de los columnistas sobre los métodos uribistas llegan a oídos sordos, porque a las mayorías no les importa si el gato es blanco o es negro, mientras cace ratones. La filosofía utilitarista detrás del pensamiento uribista lo hace inmune a la lógica moral o principista.
Mientras ese pensamiento domine la política, sólo quedan tres posibilidades para derrotar al uribismo: demostrar que el gato no va a poder cazar todos los ratones, que existe una prioridad más urgente, o que hay mejores gatos que cazan ratones. En Estados Unidos la obsesión con derrotar al terrorismo que surgió con el ataque a las Torres Gemelas, y que permitió la reelección de George W. Bush, sólo cedió cuando la invasión a Irak fracasó militarmente, y sólo se desplomó con la crisis financiera.
Por eso los candidatos presidenciales sólo tendrían tres alternativas: proponer una fórmula distinta a la uribista con el argumento de que ésta fracasará, apostando, como Uribe en 2002, a que los hechos le den la razón, es decir, esperando a que las Farc muestren un resurgimiento antes de elecciones —destruyendo el mito del gato—. Señalar una nueva prioridad para el país, como la lucha contra el desempleo o la corrupción, esperando a que como le sucedió a Obama, las crisis económica o política destruyan al oficialismo y legitimen sus tesis —reemplazando el mito del gato—. O apostarle a la parte del mito desfavorable a la reelección, y que Uribe esconde con celo bajo el referendo —que no importa si el gato es blanco o es negro— mediante propuestas que convenzan al electorado de que cazará ratones.
Juan Manuel Santos está apostándole a la tercera alternativa, que es la vigente, por eso su lugar en las encuestas. Los demás candidatos no se deciden por ninguna de las tres, por eso su lugar en las encuestas.