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Presidencialización de la vida nacional

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Alvaro Forero Tascón
10 de agosto de 2008 - 10:51 p. m.
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EN LOS ÚLTIMOS AÑOS SE HA PROducido lo que podría calificarse como una profunda presidencialización de la vida nacional, a pesar de que en 1991 el sistema institucional colombiano se diseñó para limitar el poder presidencial.

Pero el caso colombiano no es excepcional. Son muchas las constituciones que no logran atajar la tendencia de los gobiernos a ampliar las fronteras de su influencia, o que son reformadas para deshacer los límites institucionales.

Los Estados Unidos, con Bush, son un ejemplo reciente de lo primero, bajo la figura del executive privilege, y Venezuela de lo segundo, bajo el sistema de la asamblea constituyente.

Pero el fenómeno de ampliación del poder presidencial no se reduce a la esfera institucional. Cada vez se amplía a más facetas de la vida de los países. En las sociedades en que ocurre, el presidente de la república tiende a convertirse en una figura omnipresente, a quien los ciudadanos le conceden capacidades que van más allá de su persona y a quien le reclaman resultados que superan sus deberes formales.

La explicación para ese fenómeno no sólo está en los deseos de poder de los gobernantes. También es fruto de una ciudadanía ansiosa de guía y de soluciones rápidas, que busca trasladar todo el poder y la responsabilidad por las obligaciones sociales a un superfuncionario.

Las constituciones modernas reparten el poder entre distintas instituciones no solamente para controlar a los gobernantes, sino porque la complejidad de las tareas estatales y sociales es mucho mayor hoy de lo que fue en el pasado. Por eso la excesiva concentración de los deberes sociales y privilegios políticos en cabeza del presidente encierra un espejismo que termina pagándose caro. En el caso de Estados Unidos, con los excesos y mentiras en Iraq, y en Venezuela con la monocracia chavista.

Cuando una sociedad renuncia a su potencial, y a sus obligaciones, porque deposita el destino en las manos mágicas de un individuo, también pierde el vigor que genera la conciencia de responsabilidad compartida. Ello refleja un problema de baja autoestima, que tiende a desembocar en una cultura política amoral, centrada en los resultados y desentendida de la manera en que éstos se consiguen.

Aunque la presidencia imperial desata un círculo vicioso que obliga a las demás ramas del poder, a la oposición, a los medios y a los ciudadanos a limitar su función pública a seguir, padecer o estudiar al presidente, generalmente termina desilusionando las desmesuradas expectativas de los ciudadanos, permitiendo que finalmente los controles políticos operen. Los mejores ejemplos de ello son las destorcidas de la popularidad de Bush y Chávez.

Pero hay una gran diferencia entre estos dos casos. El daño generado por Chávez es irreversible porque el embrujo presidencial alcanzó a modificar los límites al periodo presidencial y a expandirse excesivamente en el tiempo, mientras los estragos de Bush, aunque enormes, son saneables gracias a que la sólida democracia norteamericana no le permitió abusar de sus mayorías legislativas para ampliar su período.

*Analista político, investigador en opinión pública.

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