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Regionalismo ¿estrategia electoral?

Alvaro Forero Tascón

10 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.

Quizás el proyecto más audaz del programa de gobierno del presidente De la Espriella sea ser “el gobierno de las regiones para las regiones”. Gobernar desde Barranquilla y haber empezado por los empalmes regionales son símbolos poderosos de esa promesa.

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Abandonar el centralismo atávico del Estado colombiano sería una revolución; bastaría con dar un paso importante, porque el objetivo es tan ambicioso como difícil de lograr. El reto principal es una transición estructural que no se limite a quitarle poder a Bogotá y que sea lo bastante gradual para ser sostenible. Eso exige diferenciar territorios según población, geografía y capacidad fiscal e institucional; fortalecer los ingresos y las capacidades propias de las regiones; transferir recursos acordes con las nuevas competencias; y, para que sea una descentralización real y no solo funcional, permitir que las regiones decidan con cierta autonomía una porción de su gasto y de sus facultades.

El riesgo es que por lo monumental de la tarea y por lo poco estructurada que está la propuesta termine siendo más una herramienta de gobernabilidad que una gran reforma: mitad populista, mitad clientelista. Porque es tan difícil institucionalmente como rentable política y electoralmente.

Para el populismo es oro. Todo populismo se basa en explotar resentimientos. De la Espriella ganó con uno: el resentimiento contra Petro, enconado en cuatro años de polarización agresiva; y el resentimiento contra el centralismo viene enconándose desde hace siglos. Pocos sentimientos están más arraigados entre los colombianos de las regiones que la percepción de que las élites políticas, económicas y sociales bogotanas son egoístas y despreciativas del resto del país. De la Espriella lo convirtió en biografía política: aunque nació en Bogotá, repite que a la semana ya estaba en la Costa, criado en Montería, forjando su carácter frente a un desprecio que dice haber sufrido él mismo. Cada vez que cuenta ese origen activa un agravio compartido por millones de costeños. Muchas regiones se sintieron maltratadas por Gustavo Petro, y esa narrativa de los políticos locales ha profundizado el sentimiento antigobierno nacional.

Para el clientelismo también es oro. Es la vieja fórmula con la que operaron los partidos tradicionales, pero invertida: antes el poder bogotano negociaba con los caciques regionales inversión y autonomía electoral a cambio de sumisión al poder presidencial. De la Espriella habla de la Regeneración de Rafael Núñez, que consistió en centralizar el poder; tal vez sugiere que ahora lo devolvería a las regiones a cambio del reconocimiento de su poder personalista a nivel nacional. Podría construir la base electoral de su nuevo partido, Defensores de la Patria, sobre la alianza de alcaldes y gobernadores antipetristas que se formó desde las elecciones locales anteriores. La tiene fácil: la ley de transferencias es un portaaviones institucional ya en movimiento, y solo tiene que negociar los beneficios políticos. También cuenta con el Plan de Desarrollo y con las visitas presidenciales a las regiones para adjudicar obras y recursos en las localidades aliadas.

De la Espriella tiene claro que el sentimiento antipetrista que cohesiona su coalición puede desgastarse y que necesita otra emoción aglutinadora. Sabe también que la clave para expandirse territorialmente más allá del uribismo andino, y para derrotar al petrismo, es reducirlo en el Pacífico y el Caribe. Es posible sacarle provecho político al regionalismo y hacerlo bien, produciendo un avance real para el país; o sacarle solo el provecho político y hacerlo mal, con consecuencias graves.

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