Los opositores de Gustavo Petro juegan a que le vaya mal para que se desprestigie el “cambio” y regrese al poder la derecha.
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Ven la elección a la Alcaldía de Medellín como prueba de que así sería, pero ese símil puede ser un árbol que no deja ver el bosque. Cada elección es distinta; pocos sospecharon lo que sucedió en la segunda vuelta presidencial anterior, a pesar de que el populismo domina la política colombiana hace años.
Un eventual fracaso de Petro no garantiza el triunfo de la derecha, también podría desencadenar una reacción populista contra quienes frenaron el cambio y alentar una propuesta de cambio extremo que incluya asegurar mayorías en el Congreso para garantizar que no les suceda lo mismo que a Petro.
El fracaso del Gobierno Petro sería una desilusión para millones de colombianos con anhelos de cambio, pero eso no implica necesariamente el abandono de esa aspiración y el deseo de volver al pasado. Petro mismo se encargaría de responsabilizar al establecimiento político y económico del fracaso del cambio, y un ambiente político desilusionado es el caldo de cultivo perfecto para propuestas extremistas, empezando por las de corte Bukele, que no se sabe cómo envejecerá. Cuando un sistema político entra en barrena por el fracaso en serie de sus gobiernos, aumenta el descontento y cualquier cosa puede pasar, tienden a surgir javieres milei y pedros castillo. En Colombia el próximo populismo seguro no sería solo de derecha. Puede ganar el populista de preferencia, supuestamente el mal menor… o el contrario, el peor.
Un país no puede asegurar su estabilidad si vive en conmoción permanente, y Colombia está convulsionada políticamente desde hace cerca de 10 años. No puede asegurar su democracia si no permite que se satisfaga la voluntad de los votantes que ganan las elecciones, si se le tiene más miedo al cambio que a la acumulación de problemas.
Al sector que facilitó el triunfo de Petro por no hacer reformas durante Duque no le conviene dejárselas a uno que le parecerá más extremista ni arriesgar que cuente con mayorías legislativas. En lugar de continuar petrificados alrededor del escándalo diario contra el Gobierno, se puede intentar aceptarle al presidente una agenda de reformas, a cambio de que sean progresivas. Petro tiene derecho a la iniciativa, porque ganó, pero no tiene mayorías legislativas y eso lo obliga a negociar. No es fácil negociar con Petro, pero aún se puede acudir a su lado pragmático, en lugar de estimular el dogmático para profundizar el enfrentamiento más allá del punto de retorno.
Insistir en que las instituciones colombianas no requieren urgentemente cambios, en defender el inmovilismo desde posiciones ideologizadas, en creer que los profundos problemas del país no suben a la superficie en elecciones, en que se puede ser potencia mundial de ilegalidad, informalidad, inequidad e impunidad, impunemente, y en que los problemas de violencia y decrecimiento se resuelven solos no es sensato.
La apuesta por el fracaso de Petro es demasiado costosa en términos de la economía y la seguridad, pero sobre todo del riesgo de explosión populista en 2026. Puede ser un bumerán. Solo una agenda de reformas que realmente mejoren la vida de los colombianos más golpeados va a garantizar que las calles no vuelvan a explotar.