Vivo y trabajo en Cartagena desde hace 25 años, una ciudad donde la palabra gracias fue desterrada desde hace mucho tiempo del vocabulario y de las actitudes cotidianas. Una ciudad con una deuda histórica acumulada de siglos: con los negros, con los mulatos, con los mestizos, con las mujeres, con los niños, con los pobres... ¡con la Naturaleza!
El término “pobreza histórica”, eufemismo que emplean los economistas para referirse a los que han sido, son y serán pobres, encuentra en Cartagena de Indias su aplicación más fiel y dramática. A esos miserables atávicos se sumaron en las últimas décadas de nuestro cruento conflicto muchos desplazados, que llegaron a la ciudad atraídos por el espejismo de las oportunidades del paraíso turístico. Estos nuevos pobres llegaron a engrosar las tristes estadísticas de la ciudad más desigual del país y cambiaron radicalmente el perfil de unas comunidades que eran tradicionalmente pobres pero pacíficas, donde casi no había violencia intrafamiliar o niños abandonados. La delincuencia y las pandillas en las barriadas cartageneras son un fenómeno relativamente (c)reciente.
Y cuando afirmo que aquí no existe la palabra gracias, lo digo con conocimiento de causa: un proyecto filantrópico y de innovación social como lo es el Colegio del Cuerpo, inspirado por el amor y la fe en el talento de nuestros niños y jóvenes, es percibido por muchos en Ingratagena de Indias como una amenaza al injusto orden establecido: “¿Por qué brindar oportunidades de tan alto nivel a jóvenes de tan baja procedencia?”, se preguntan y nos preguntan muchos. Aún recuerdo la sentencia de una encopetada señora de Cartagena —de cuyo nombre no quiero acordarme— cuando apenas iniciábamos nuestra labor: “... Si te quedas trabajando con esa gente te vas a automarginar”, vaticinó. Y así ha ocurrido en efecto. Las altas esferas de la ciudad, luego de 20 años de labores, aún desconocen quiénes somos y qué hacemos. (Alguna vez un reconocido developer urbano me dijo: “... Estos proyectos como el tuyo hay que apoyarlos para mantener a esa gente mansita”).
Sin embargo, no es esta falta de reconocimiento lo que me desvela. Me mortifica mucho más el estado del alma de las mayorías resentidas por el despojo y la falta de oportunidades. En Cartagena no se recibe: se quita. Es muy frecuente escuchar, en lugar de la pregunta “¿Cuánto te pagaron?”, la expresión “¿Cuánto le quitaste?”. Todo se debe... todo se quita... y se recupera.
¿Gracias? ¡No! ¡Ni de fundas! ¡De ninguna manera!: La gratitud es cosa de maricas...
Y si vamos al plano nacional, vemos que la ingratitud es también el deporte nacional por excelencia: el presidente de la República que logró lo que ninguno de su predecesores había logrado (el impensable fin de las Farc —¡por las buenas!— como movimiento armado) tiene los índices de popularidad más bajos de la historia. Definitivamente somos un país de caníbales y de pirañas. En lugar de estar en las calles celebrando hasta el paroxismo el fin de una guerra fratricida de más de 50 años, nos dedicamos a despotricar y a desprestigiar estos logros, a cuestionarlos, a desconfiar de ellos, a condenarlos sin siquiera darnos la oportunidad de experimentar lo que podría significar, para nosotros y para nuestros hijos, vivir un día en paz en este paraíso/infierno que nos hemos granjeado. Santos, De la Calle, Jaramillo, y el resto del formidable equipo humano que logró lo imposible, no son merecedores de la gratitud nacional. Por el contrario: el escarnio, la burla, el desprestigio...
Aquellos que no quieren trabajar para contribuir a perfeccionar los históricos aunque imperfectos (¿imperfectos aunque históricos?) acuerdos logrados en La Habana prefieren que continuemos otros 50 años sumidos en la demencia y el horror de la guerra. Es que no sabemos vivir de otra manera. No sabemos respetarnos, amarnos, reconocernos como hijos de una misma madre. La lógica del odio, la sed de venganza y el desprecio de los unos por los otros no nos dejan ver con claridad y generosidad el potencial enorme que se abre ante nosotros, a partir de lo que Santos logró para nosotros.
El abominable atentado en el Centro Andino, venga de donde venga la demencia de sus autores, nos plantea la inminente disyuntiva que debemos enfrentar: si una vez terminado el gobierno del Premio Nobel de Paz 2016 regresamos al estado de cosas anterior, “hacemos trizas los acuerdos” y continuamos la guerra... ésta ya no será en los campos y las selvas y las montañas de Colombia, señoras y señores: ¿los centros comerciales? ¿los colegios de nuestros hijos? ¿los restaurantes? ¿los estadios? ¿las calles de nuestras ciudades?
La ingratitud, la ceguera, la obcecación pueden dar al traste con esta única oportunidad sobre la tierra que nos fue dada a quienes hoy tenemos la edad de la guerra: aquellos que aspiramos a irnos de este planeta dejando un país reconciliado con su dolor y en proceso de construcción de una nueva sensibilidad, una nueva mentalidad, un nuevo espíritu.
Colombianos, compatriotas, hermanos... por más ingenua y mesiánica que suene esta proclama: no le quitemos a la Historia de nuestra Nación está oportunidad extraordinaria de ser agradecidos, no sólo con Santos y su legado: ¡sino con nosotros mismos!