Hace unos meses el exministro de Cultura, Juan David Correa, me invitó a participar en su muy interesante podcast “Conversaciones pendientes”. Acepté honrado, pues considero que Juan David, sin ánimo de adularlo, es una de las personas que ha llegado a este ministerio con el perfil y una formación intelectual, política y humanística acordes con la importancia del cargo.
La conversación giró alrededor de la principal tarea que desarrollamos desde 1997 en el Colegio del Cuerpo de Cartagena y que se ha convertido en nuestro lema: educar para la paz a través del arte. También tocamos temas como el de la educación del cuerpo y el papel que juega el cuerpo en la educación, en la búsqueda de un ser humano integral, digno, que se autorrespete y reconozca y aprenda a su vez a respetar a sus semejantes. Una cosa es el lugar y la importancia que le damos al cuerpo en la educación tradicional, más allá de la mal llamada educación física y/o artística, y otra las estrategias para involucrar ese cuerpo físico/mental/espiritual/emocional en el proceso de aprendizaje.
Hacia el final de la conversación, Juan David me lanzó una pregunta, que yo percibí más como como un reto: “¿Tú aceptarías ser ministro de Cultura si te lo ofrecieran?”. Perplejo, le respondí que no. Le dije que ya yo había cumplido mi servicio civil: durante un año, 91-92, fui subdirector de Artes de Colcultura con Ramiro Osorio, y del 92-94 director de la Academia Superior de Artes de Bogotá (ASAB), hoy Facultad de Artes de la Universidad Distrital, nombrado por la antropóloga Gloria Triana. En Colcultura trabajamos con Ramiro y su equipo en la prefiguración y diseño del naciente Ministerio. Fue entonces cuando se convirtió para mí en una obsesión el tema de la educación artística: se creó en ese momento el SINFAC (Sistema Nacional de Educación Artística y Cultural). En la ASAB, durante mis dos años de gestión, logré que se aprobaran los programas de pregrado en música y danza, que se unieron a los ya preexistentes de artes plásticas y teatro. Había llegado el momento de trasladarme a Cartagena, para soñar y crear desde cero nuestro Colegio del Cuerpo, que vio la luz en septiembre de 1997.
La noche de la entrevista, ya entre las cobijas, como nos pasa con frecuencia, vino a mi mente la que ha debido ser mi respuesta a la pregunta-reto de Juan David: “No aceptaría ser ministro de Cultura, pero quizás sí ministro de Educación”.
Pero la verdad es que, a estas alturas del partido, no aceptaría ningún ministerio ni ningún otro cargo público que me distraiga, a mis casi 69 años, de la enorme tarea de consolidar ese micropaís que ese Colegio del Cuerpo, en las cuatro hectáreas de Pontezuela, a las afueras de Cartagena, donde hoy estamos construyendo nuestra sede.
Quisiera sí explicar por qué considero que un ministro de Educación podría y debería otorgarle un lugar de privilegio en el currículo —“desde la cuna hasta la tumba” (como decía Gabo citando a Martí)— y al mismo nivel con las disciplinas “duras”, a las Humanidades, las Artes, la Historia —¡la Memoria Histórica!— y las Culturas, para lograr una verdadera Educación con mayúscula: no estoy hablando de un proyecto gemelo entre Educación y Cultura, sino de un proyecto siamés.
Considero que en nuestro país la separación que se produjo en 1997 entre estas dos carteras y dimensiones se hizo de manera prematura. Antes de separar a Colcultura del Ministerio de Educación, había que terminar una “asignatura pendiente”: crear un verdadero sistema de Educación formal Artística y Cultural. Primarias y bachilleratos artísticos, conservatorios, universidades para las Artes y las Humanidades, programas de becas y residencias para estudios artísticos y culturales en nuestro país y en el exterior. No estoy hablando de volver atrás, cuando existía el gran Ministerio de Educación, con unas dependencias menores: Colcultura (así, en singular), Coldeportes, Colciencias, etc., que sobrevivían con presupuestos exiguos (ya yo le había hablado a Ramiro en ese entonces de la idea de cambiar el nombre del Instituto Colombiano de Cultura a ColculturaS).
El haberle dado mayor estatus y presupuesto a la cultura creando un Ministerio, sin duda fue un gran avance, pero sigue siendo un contrasentido enorme que el Ministerio de Educación tenga un presupuesto histórico de más de 80 billones de pesos (el más alto del presupuesto nacional desde el Gobierno Santos) y el de las Culturas apenas un billoncito (el más bajo, antes del lánguido Ministerio de la Igualdad).
Le decía yo ese día a Juan David que considero que una educación sin cultura es una educación mecánica, tecnocrática, no-humana. Una educación que considere a las artes, las humanidades, la cultura, etc. como asignaturas complementarias, ornamentales, para ser impartidas en una jornada extendida, vocacional, vacacional o como “utilización creativa del tiempo libre”, es una educación definitivamente miope: mediocre. Y una cultura sin educación es lo que tenemos hoy en gran medida: un sistema robusto de estímulos, de premios, de festivales, convocatorias, eventos etc. Algo se ha avanzado en la interlocución entre los dos ministerios, pero los resultados son aún muy insuficientes.
Mi propuesta es la de fusionar los dos ministerios en un Gran Ministerio del Alma Nacional (aunque suene cursi), con un gran presupuesto compartido, y que a su vez tenga dos viceministros: uno de Educación(es) y otro de Cultura(s).
El tema de la llamada “etnoeducación”, que le daría el plural al Viceministerio de las Educaciones, es otro gran punto de discusión: en un país pluricultural, con una enorme riqueza y diversidad, todos/as deberíamos recibir etnoeducación: no hay educación de afros para afros, de indígenas para indígenas, de blancos para blancos; en un país mestizo como lo es Colombia, nuestra educación debería ser mestiza.
Con la llegada de Iván Cepeda a la Presidencia de la República y de su vicepresidenta Aída Quilcué, fórmula que acompaño y aplaudo, este reconocimiento de una educación humanista, diversa e integral (garantizado por la sólida formación intelectual de Cepeda y su compromiso de años con la búsqueda de la paz) y pluriétnica (representado por la trayectoria de lucha por la reivindicación de los derechos de su pueblo y de los pueblos originarios de la senadora indígena Quilcué) son una oportunidad para extirpar los viejos vicios de una política y de una educación decimonónicas, que no han hecho otra cosa que sacarle el cuerpo al cuerpo: al cuerpo individual y al cuerpo colectivo de un país enormemente rico y diverso, que ya no acepta un reflejo único en el espejo.