Después de casi dos años, Beatriz* aprendió a contener el llanto al narrar la desaparición de su hijo mayor. Una risa nerviosa se apodera de ella al evocar una llamada de supuestos guerrilleros que le proponían un “acto humanitario” para la entrega de pruebas de supervivencia de su muchacho. Por petición de los “captores”, prestó el celular “flecha” de una vecina para comunicarse con ellos sin que fueran rastreados. En una peregrinación, más parecida a un calvario, viajó con su esposo desde un pueblo de Antioquia hasta Santander; en un paraje rural de ese departamento, recibió instrucciones del extorsionista, quien la observaba...
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