Desde el cielo de la Real Academia Escocesa, la reina Victoria se escurre bajo la lluvia fina que deja el paso de la tormenta Bella. A sus pies, el sosiego de Princes Street, corazón de la Ciudad Nueva, en Edimburgo, podría haber inspirado algún pasaje de Arthur Conan Doyle.
Es mediodía el 26 de diciembre de 2020, Boxing Day, fecha tradicional en la que los padres llevan a sus hijos al estadio para adoctrinarlos en la fidelidad a su equipo de fútbol, mientras las tiendas ofrecen los mejores descuentos del año.
La capital escocesa está bajo alerta máxima por COVID-19, con una nueva cepa al acecho de anfitriones: un bus de dos pisos pasa vacío, el tranvía ni asoma, las aceras desiertas; aunque no exista una orden de estricto confinamiento, la liga de los pelirrojos intenta burlar la muerte. Rumbo al mercado (solo los supermercados y las farmacias están abiertos), reviso la temperatura en mi celular: -1 °C. Súbitamente, entre jadeos, me sobrepasa un hombre en pantaloneta que corre como si huyera de sí mismo, sus zancadas de un blanco purpúreo parecen quebrarse con cada impacto sobre las esquirlas de hielo en el pavimento.
Por estas épocas solo una cosa asombra tanto como las aglomeraciones: la soledad en entornos urbanos. El silencio de ciudad. En su novela Alegría, Manuel Vilas vaticina que están contados los días en que podremos disfrutar el silencio gratuito: “En años venideros será motivo de crímenes, porque la gente enloquecerá por culpa de los ruidos. Se matará por el silencio”. Hoy, en esta cárcel a cielo abierto, desgarra la ausencia de los gaiteros que, envueltos en tartanes, solían reventar sus pulmones al lado del monumento de Walter Scott. El silencio es, en esta avenida del júbilo, evidencia del miedo.
A pocas cuadras, en la Royal Mile, aturden las sirenas de las patrullas que cruzan frente a las estatuas de David Hume y Adam Smith, no hay tratado de la naturaleza humana ni riqueza de las naciones que permitan descifrar el rumbo colectivo. Tanto el “virus chino” como la “cepa británica” —entre muchas otras denominaciones extravagantes— cuentan con un aliado, omnipresente, que deja su huella grafitera en muros y paraderos de buses: “COVID VAXX=666”. (Los antivacunas con elucubraciones bíblicas son, entre las múltiples cepas de la idiotez, la más mortífera).
Todo es oscuridad.
Tres días después, entra una imagen a mi WhatsApp: en una carpa blanca, con un computador personal abierto sobre una mesa, una mujer afrodescendiente, corpulenta, con tapabocas y un suéter negro de capucha, mira a la cámara antes de inyectar. A través de sus gafas protectoras es posible adivinar que sonríe para la foto. En primer plano, un hombre pelimojado, también con tapabocas y gafas protectoras, exhibe el brazo izquierdo con la camisa remangada. Con la mano derecha sostiene el celular para capturar el momento. El mensaje: “Vacuna desarrollada por Pfizer, primera dosis”.
La selfi es de mi hermano, 51 años, médico de universidad pública, residente en Los Ángeles, cumpliendo su cita con la esperanza. (¡30 días para que empiece la vacunación del personal de la salud en Colombia es una eternidad!).
Ya nada es tan “elemental” (ni para Sherlock), pero 2021 asoma con claridad.