Nació en cuna de oro, heredó el poder de una casta, el prestigio de una familia. Durante décadas, fue la comidilla de páginas sociales, las cámaras perseguían el brillo de su juventud y de su poder.
Desde octubre del año pasado, dejó de ser llamado «príncipe» para descender al nivel de otros mortales: Andrew Mountbatten-Windsor. Las nuevas revelaciones del Departamento de Justicia de los Estados Unidos sobre los archivos del criminal Jeffrey Epstein tuvieron un efecto inmediato: el expríncipe y ex duque de York fue despojado de todos los títulos reales y perdió el privilegio de residir en la Logia Real, en los terrenos del castillo de Windsor.
La BBC informó: «Sus Majestades desean dejar claro que sus pensamientos y su más profundo pésame han estado, y permanecerán, con las víctimas y sobrevivientes de cualquier forma de abuso». Carlos III, hermano del agresor sexual (“presunto”, pues no ha sido condenado por la justicia), y su esposa Camila, priorizaron a las sobrevivientes sobre la relación filial.
Sarah, las niñas y él se despidieron de las páginas sociales para invadir las judiciales. (Sarah Ferguson, exesposa de Andrew, es otra náufraga en la misma tormenta).
Como en una transfusión milagrosa, Epstein logró convertir la sangre azul del hermano del rey de Inglaterra en sangre de plebeyo. Convirtió una corona en ruana.
Mientras tanto, en Colombia, el rey Andrés se niega a responder sobre su relación con Epstein y con Ghislaine Maxwell. Partamos de la presunción de inocencia y concentrémonos sólo en la foto de la socia del pederasta y el expresidente disfrazados de pilotos de la fuerza aérea colombiana. Ella ha dicho que en Colombia pudo pilotear un Black Hawk. ¿Ocurrió ese vuelo? ¿Bajo qué excusa se avaló? ¿Cuánto costó la gasolina?
En «la democracia más estable de Latinoamérica» no se puede cuestionar a un expresidente, menos aún si es el hijo de otro expresidente (Misael, cuya elección en el año 1970, permanece bajo la duda del fraude electoral).
En una solicitud de rectificación de la columna “Epstein y Pastrana”, el rey Andrés le explica a la profesora Ana Bejarano: «Tras tantos años no ha habido ni asomo de investigación o causa judicial en mi contra». ¡«Tras tantos años» no habían sido publicados los archivos Epstein!
Cuestión Pública escudriñó una serie de correos entre Andrés Pastrana y Ghislaine Maxwell. En un mensaje, ella le escribe al expresidente: «Not only I am going to have to spank you very very hard when I next see you, but I will have to do something even more vile». (Una traducción literal no dimensiona el contenido sexual del enunciado).
¿Alguien de la «nobleza» colombiana se ha atrevido a sugerir que, en un gesto mínimo de respeto a las víctimas, Pastrana explique estos correos y fotos?
The New York Times le preguntó al periodista Matthew Goldstein, quien ha cubierto la historia de Epstein desde 2019:
«¿Hubo algo en este último lote que cambiara la historia para ti? ¿Nuevos nombres? ¿Nuevas revelaciones?»
–«De momento, no cambia fundamentalmente nuestra comprensión de la historia. Sí nos da más color y una mejor comprensión de las actitudes de la gente y de su disposición a relacionarse con alguien que se sabía que era un delincuente sexual».
En La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012), Mario Vargas Llosa define la frivolidad como «una manera de entender el mundo, la vida, según la cual todo es apariencia, es decir teatro, es decir juego y diversión».
En el mejor escenario posible, el rey Andrés pasará a la historia como lo que siempre ha sido: pura frivolidad.