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El sagrado corazón de Uribe

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Ana Cristina Restrepo Jiménez
01 de marzo de 2014 - 03:00 a. m.
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“Sobre Colombia exangüe y dolorida / el corazón de Jesucristo impera; / por caminos de gloria hacia la vida. / Él llevará la tricolor bandera. / Ya la paz como un aura bendecida / presagia los orientes del futuro” (Epopeya de la espiga, Aurelio Martínez Mutis).

Difícil rastrear el momento en el cual Antioquia bajó de la pared el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús para entronizar la imagen de Álvaro Uribe Vélez.

¿Cómo permitimos que se sentara en la mesa del comedor e irrumpiera en la intimidad de la conversación familiar? El efecto polarizador de su discurso ha permeado la sociedad hasta la base: la familia y el barrio.

Pero ¿por qué insistimos en honrar a quienes nos han hecho sufrir? Debe existir algo así como el masoquismo histórico. Santa Fe de Antioquia, por ejemplo, exhibe con orgullo el busto de Jorge Robledo, ilustre colonizador que liberaba jaurías de perros para que destrozaran a los pobladores indígenas.

Tras afrontar múltiples complicaciones, los creativos del Centro Democrático decidieron aclarar las tonalidades de su paleta patriotera y concentrarse en la orfandad de los defensores del Estado confesional tras la Constitución de 1991.

En sus nuevas vallas, el candidato al Senado aparece con un aura, la mirada piadosa dirigida hacia el cielo y la mano derecha sobre su corazón (rojo sangre). Evocación poco sutil de la iconografía religiosa.

La tradicional imagen del Sagrado Corazón permite ver las dos manos de Jesús, no así la de Uribe: “¿Dónde tendrá la otra mano?”, se preguntaba un amigo librero.

¿Por qué desaparece la izquierda?

La ventaja para los publicistas es que al expresidente lo precede el mito: lo traicionó uno de sus santos discípulos, tiene un texto sagrado (No hay causa perdida) y sus fieles evangelistas replican su estilo predicador en universidades y centros comunales: “hijitos queridos”, “mis muchachos”. Hablar pausado e impostar el acento paisa incrementan el impacto del discurso.

(Y si no “dejáis que los niños vengan a mí”... los buscaré directamente en sus colegios).

¿Cuál es el efecto de esta campaña en el “país del Sagrado Corazón”?

En el tránsito doloroso del siglo XIX al XX con la Guerra de los Mil Días, la Iglesia católica le solicitó al jefe de Estado, José Manuel Marroquín, consagrar la República al Sagrado Corazón.

El pico de violencia desatado entre 1949 y 1953 fue otra tormenta perfecta que catapultó la Ley 1ª de 1952, la cual ordenaba renovar la consagración cada año. Pero en 1991 se aguó la fiesta: desde entonces somos un Estado no confesional.

“El éxito de las entronizaciones es un hecho nítido en la historia de Colombia […] no cubre únicamente a la organización familiar sino que se amplía a la esfera de las instituciones públicas y privadas”, explica la socióloga Cecilia Henríquez de Hernández.

La polarización reinante resulta de la transformación de las ideas políticas —por su naturaleza, debatibles— en dogma. El carácter incuestionable: “Sagrado corazón, en vos confío”.

Somos testigos de una nueva cruzada.

*Ana Cristina Restrepo Jiménez

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