Luis López de Mesa, el “sabio de Donmatías”, fue el canciller que les cerró la puerta a miles de judíos que huían de los nazis; mientras el “ilustre médico” los condenaba al matadero, Argentina, Uruguay y Brasil asumían su deber humanitario histórico.
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La cacería de T. A. Livingstone, uno de los tantos explotadores sexuales de menores que ha pasado impune por Medellín, es leña para una conversación intergeneracional que se ha agitado como una pavesa encendida en el viento. Y ahora, convertida en hoguera, arde en las calles y encabeza titulares: el rechazo a los “gringos” (término que mutó en Antioquia, y que alude a los extranjeros, en especial a aquellos de rasgos caucásicos).
La xenofobia en Antioquia responde a factores asociados históricamente con su posición geográfica (la cordillera y sus dificultades), el pensamiento mágico (sincretismo de mitos y religión católica) y los atajos intelectuales (sesgos de confirmación, como lo es la “raza paisa”), entre otros. Sin embargo, esta coyuntura ha desenmascarado la falta de visión estructural en las políticas públicas: no todo lo que le trae dinero a la ciudad es bueno para sus habitantes.
No es que “solo nos gusten los extranjeros con plata”. La aporofobia se esfuma cuando entra el discurso de la “derrama económica” de eventos internacionales o del turismo con fines de explotación sexual.
Según la Alcaldía de Medellín, entre 2022 y 2023 la ciudad recibió 1′226.461 visitantes (503.000 procedentes de Estados Unidos): 57 % son hombres cuyo rango de edad oscila entre los 18 y 39 años. Gentrificación y explotación sexual son la mecha de este incendio. Hace un año, la campaña de una aspirante al Concejo de Medellín y exsecretaria de las Mujeres, empapeló el sector de Provenza con carteles: “Nómadas digitales, colonizadores temporales”, “Gentrifier, go home”…
Xenofobia al rojo vivo de Mariluz Vallejo (Planeta, 2022), un reportaje sobre la forma en la que Colombia ha rechazado y estigmatizado a los extranjeros, señala el papel crucial de la prensa como detonante (“aun involuntariamente”) de sistemas de exclusión.
Nos indigna si los noticieros recurren al lugar común del “sicario con acento paisa”, pero normalizamos al “atracador con acento venezolano”. ¿Cuál es el delito? ¿El pasaporte? ¿La particularidad de su habla? ¿La apariencia física?
“Descubrimos” que maltratar a una mujer en el mercado es repudiable cuando lo hace un turista: “Extranjero insultó a la cajera de un almacén en El Poblado” (titularon medios escritos y radiales, esta semana). ¿Acaso la lógica noticiosa es “a nuestras cajeras solo las podemos insultar los oriundos de la región”? ¿Estamos discutiendo en las salas de redacción cuándo es absolutamente necesario mencionar la procedencia de un agresor o de un criminal?
Los extranjeros no son los únicos responsables de la gentrificación (el incremento de facilidades para viajar y trabajar en modalidad remota ha gentrificado muchas ciudades) ni de la explotación sexual: basta recordar la compra de virginidades que popularizó Pablo Escobar.
“Another day in paradise” es la frase que cada mañana pronuncia el “gringo” con quien comparto mi vida desde hace veintiséis años. Más que una anécdota, personal y minúscula, plasma el poder de las palabras cuya repetición dibuja el paraíso o atiza el infierno.