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Magdalena

Ana Cristina Restrepo Jiménez

15 de junio de 2023 - 09:05 p. m.

La fertilidad y la fecundidad son dos de las presiones dominantes, sociales e históricas, sobre las mujeres. Además de su carga patriarcal ligada al reloj biológico —la maternidad como “destino natural”—, ambas han adquirido un peso adicional y ascendente: la economía. La Tierra, madre por imposición, enfrenta una presión similar.

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Con la certeza de que ningún hijo “viene con el pan debajo del brazo”, los sistemas de pensiones reventados por el envejecimiento de la población en algunos países y las migraciones que se dispararán aún más con el cambio climático, entre otros factores, las dinámicas de fertilidad (mujeres en edad fértil) y de fecundidad (hijos nacidos vivos por mujer) se han convertido en otras de las formas de presentar el “progreso” de los países, el cual está ligado, en esencia, a la educación de las mujeres… a lo que definimos, en la tradición liberal occidental, como “educación”.

Ahora bien, ¿quién determina cuáles son las mujeres “aptas” para parir? ¿Acaso no son la voluntad de la mujer y su salud las que deberían optar por la maternidad o desecharla? ¿Cómo se forjan la voluntad y la autonomía en una mujer?

En noviembre pasado, la población global alcanzó 8.000 millones de personas. La Organización de Naciones Unidas estima que seremos 9.000 millones en 2037: “Los países con los niveles de fecundidad más altos tienden a ser los que tienen el ingreso per cápita más bajo […] el crecimiento de la población mundial se ha concentrado cada vez más entre los países más pobres del mundo, la mayoría de los cuales se encuentran en el África Subsahariana”.

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No obstante, la dinámica de crecimiento se está desacelerando. “Hemos subestimado lo que está sucediendo en términos de cambio de fertilidad en África […] probablemente sufrirá el mismo tipo de cambios rápidos que experimentó el este asiático”, declaró recientemente en The Economist Jose Rimon II, director del Instituto para la Población y la Salud Reproductiva Bill & Melinda Gates. La revista británica afirma que estaría cambiando aquella lógica según la cual las familias pobres tienen más hijos para asegurarse de que algunos sobrevivan para cuidar de sus padres en la vejez.

En un texto sobre el desplome de la fecundidad en China, advierte The New York Times: “La historia sugiere que una vez que un país cruza el umbral del crecimiento demográfico negativo, es poco lo que su gobierno puede hacer para revertirlo”.

La educación de las mujeres llevará la batuta en el siguiente movimiento de esta sinfonía.

“Qué bueno que nosotras, las mujeres que tenemos acceso a la mejor educación, seamos las que tengamos hijos”, escuché decir en una conversación a propósito de la reciente publicación en The Economist.

¿Cuáles formas de conocimiento abarca aquello que definimos como la “mejor educación” para las mujeres? ¿Qué tipo de eugenesia plantea esta conversación?

La Tierra, madre por elección, nos moldea como a sus cordilleras: con choques profundos.

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¿Qué saben hoy —de la vida, del mundo— Lesly, Soleiny, Tien y Cristin? Las palabras de Magdalena Mucutuy a sus hijos, durante cuatro días de agonía, son el follaje del capitel de esta columna.

Es el momento: ¡lancemos nuestros birretes al aire!

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