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Mala muerte

En el camino a Musselburgh, Escocia, un par de sepultureros sintieron golpes en el ataúd que trasladaban desde el cadalso al cementerio. Templaron las riendas de las bestias, se bajaron a revisar, y cuál fue su sorpresa cuando descubrieron que la «muerta», Margaret, había quedado mal ejecutada. La mujer de 22 años, abandonada por su marido, había sido condenada a la horca por infanticidio bajo el Estatuto escocés: ocultó su embarazo de una relación extramatrimonial, parió sin ayuda y dejó el cuerpo sin vida de su bebé a orillas del río Tweed. Nunca se supo si la criatura nació muerta o fue asesinada.

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La pena capital fue votada por unanimidad. Un juez tildó a la sentenciada de «mujer antinatural». El 2 de septiembre de 1724, entre una turba sedienta de justicia, Margaret subió al patíbulo en una plaza pública de Edimburgo. Le rodearon el cuello con la soga y ¡taz!, Grassmarket estalló en algarabía.

¿Qué hicieron con esa mala muerte? Retornarla a la justicia. Los jueces consideraron que la prisionera había cumplido a cabalidad con la pena impuesta: colgó de la horca. Entonces, modificaron la redacción de la norma: los criminales serían condenados a la horca… hasta morir.

Margaret Dickson o «Maggie media soga» vivió 40 años más.

¿Matar −¡matar mal!− a una mujer pobre que se vio obligada a abandonar a su bebé muerto? ¿En qué momentos (de la vida social y política, de la historia del mundo) se esfuma la compasión?

A las 7:26 p. m. del pasado miércoles, se abrieron las cortinas de la cámara de ejecución. Christa llegó maquillada, con el pelo limpio, ondulado y con dos cadejos recogidos en rollitos; había esperado esta cita durante 30 años. Tarde y sin ganas, la Muerte llegó a la Institución de Máxima Seguridad de Riverbend. Hacía dos siglos no pasaba a recoger a una condenada en Tennessee. A las 7:34 p. m., todavía consciente, la mujer de 50 años, sentenciada por asesinato desde que tenía 18, dijo que sentía «abierto» el brazo de la punción. Después de dos inyecciones de pentobarbital, a las 8:53 p. m., se retiraron los testigos y periodistas que, como los sepultureros escoceses, miraron de frente la mala muerte.

¿Falló la intervención intravenosa? ¿La sustancia no llegó al torrente sanguíneo? La protección legal de la información sobre las ejecuciones anticipa las dificultades que habrá para conocer qué sucedió. «Es probable que sobreviva con un daño cerebral severo o con disfunción en otros órganos», dijo el doctor Joel Zivot, profesor de la Universidad de Emory y asesor del equipo legal de Pike, en TimesRadio. (Oír aquí).

En su cuenta de X, el alcalde (e) de Medellín, Manuel Villa, publicó varias fotos de un operativo de desalojo de habitantes de calle: uno de ellos camina, sin ropa, jalado del brazo por un policía; otro recoge su miseria entre basuras mientras dos uniformados armados lo vigilan. Escribe Villa: «[…] Tenemos toda la oferta social a su disposición. O aceptan el acompañamiento, o cumplen la norma. ¡No más alcahuetería!». (Ver).

Esta puesta en escena de humillación personal, primero, y colectiva, después, es una mímesis de la caminata triunfal del presidente Abelardo de la Espriella entre cadáveres —todavía esperamos la totalidad de las identidades, pruebas en contra, pasado judicial—. Borracheras de poder.

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La filósofa Martha Nussbaum afirma que la compasión es «una emoción dolorosa ocasionada por la conciencia del infortunio inmerecido de otra persona». La compasión (que es distinta a la manida empatía, la piedad o la simpatía) ha cumplido una función esencial en el desarrollo de la especie humana. En la evolución de los primates.

Hasta la fecha de entrega de esta columna, Christa Pike duerme en su mala muerte. Y Colombia, también.

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