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Revisionismo literario

Ana Cristina Restrepo Jiménez

23 de febrero de 2023 - 09:05 p. m.

Cada vez con mayor claridad identifico el momento en el que abandono un libro o una película: cuando aparecen personajes femeninos de otras épocas, encorsetados en sus vestidos pomposos, conversando como millennials en un café de Manhattan.

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En un mundo acorralado por las tensiones entre la “corrección política” y la sed de “incorrección” de quienes con afán protagónico expresan “lo que nadie se atreve”, conquistamos la cumbre de la estulticia: el revisionismo literario.

La “desinfección” de algunas obras de Roald Dahl, clásico de la literatura infantil contemporánea, es una alerta para la producción intelectual; a pesar de que algunos consideren que se trata de una “sobreactuación” de escritores como Salman Rushdie o que no existe biblioteca sin versiones modificadas de clásicos.

Obras como Las brujas, Charlie y la fábrica de chocolate o Matilda serán alteradas en fragmentos relacionados con el peso, la salud mental, el género y la raza.

Si hacemos un rastreo de la reciente ola revisionista, es posible atribuirla a un efecto político desproporcionado frente la era “Trump”. En su carrito de golf, el expresidente rompió la barrera del sonido… de lo que se puede decir en voz alta: legitimó en espacios públicos, fuera de sus círculos de privilegio, conversaciones misóginas, xenófobas y racistas.

La cultura de la cancelación metió en el mismo saco los discursos de odio —que son un delito— con los trazos culturales y morales propios de las sociedades y las épocas.

El autor de Volando solo, cuya vida de piloto y espía parece una ficción, fue famoso por sus escritos así como por sus comentarios antisemitas, por los cuales su familia ofreció excusas. Pero es que, más que de seres imperfectos (piénsese en Oscar Wilde o Winston Churchill), hablamos de obras que no son “perfectas” porque no se ajustan al canon moralista de estos tiempos.

¿Dónde quedarán las improntas de épocas develadas en diálogos, escenas y descripciones?

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La primera inquietud es por la voz de un muerto. Dahl falleció en 1990. ¿Es este un llamado para que los escritores dejen en su testamento la orden explícita: “No le cambien ni una coma a mi obra”? ¿Cómo se transforma el derecho a la “propiedad intelectual”? ¿Asistimos al velorio del concepto de “obra original”?

A quienes han manifestado en sus letras rasgos colonialistas, misóginos, machistas, xenófobos, clasistas o racistas, que los juzguen los lectores, la historia, y no un editor con bisturí y guantes quirúrgicos (y ganas de plata).

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Que salgan de sus tumbas Cervantes, García Márquez o Jane Austen (cuya obra es mirada como feminismo temprano ¡porque desvela el machismo de su época!). Al paredón los filósofos, desde Aristóteles hasta Walter Benjamin, pasando por Schopenhauer y Nietzsche, porque el pelotón de fusilamiento apunta con sus borradores.

¿Imperdonable honrar el “humor negro” del escritor galés? Mis hijos sobrevivieron (pues casi se mueren de la risa) a personajes como Willy Wonka o la maestra Tronchatoro.

¿Quién sigue? ¿Max, el niño necio de Donde viven los monstruos, el clásico de Maurice Sendak? El mundo, real y ficticio, no se redime eliminando sus fallas. Blanca Nieves no merecía ser la esclava de siete enanos ni de siete gigantes. Sin oscuridad no hay luz: el contraste es propio de la realidad y la ficción.

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Hansel y Gretel no pueden terminar comiéndose una casita de lechugas orgánicas. Ni nosotros tragándonos esta infamia.

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